You know, I can't decide if you hate me, or if you're like the only person who ever got me.
miércoles, 13 de marzo de 2013
wel... I don't hate you
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domingo, 10 de marzo de 2013
Lo que realmente quiero
Hace unas semanas me fui a desayunar con una amiga. Ella llegó empoderada de sí misma. Con las cosas claras sobre qué quiere en su vida y qué es necesario para lograrlo. Una parte de mí, esa que se siente nadando en gelatina la envidió un poco. El resto la admiró.
Salí del desayuno y decidí que aunque hay muchas cosas que no puedo cambiar en este instante, que son cosas que requieren procesos que ya he iniciado... hay algunas que sí puedo cambiar. Así que fui a cambiarlas. Hablé, dije lo que pensaba y sentía y a cambio recibí respuestas que realmente no me esperaba.
Desde ese día he pensado mucho acerca de lo que quiero. Y en términos de pareja, creo que cada vez lo tengo más claro. Hay muchas cosas que me gustarían en un hombre: que le gusten los gatos, que tenga un trabajo chévere pero que no sea workoholic, que no fume, que quiera viajar conmigo, que tenga una buena nariz y un mejor rabo... pero esas cosas no son las más importantes.
Lo realmente importante es que quiero a alguien con quién yo me sienta cómoda de ser quién soy.
Y es que ese ha sido uno de los grandes problemas en mi vida. Me he dado cuenta que muchas de mis parejas nunca realmente me aceptaron o quisieron por lo que soy.
Estaba el Ex, por ejemplo. Ese estoy segura que se sintió siempre atraído por lo que soy, pero siempre me quiso por lo que yo podría ser. No por lo que era. Sé que en el fondo, él estaba convencido que yo podría cambiar y convertirme en esa que quiere ser mamá de mil niños, usa aretes de perlas, quiere ser profesora en un pueblo miserable en donde él tenga su casa de campo y que deje que su vida sea más importante a la mía. Claramente yo podría serlo (solo se requiere de una rápida lobotomía) pero no lo fui y no lo seré.
O están otros como Mr. M que quisieron ver algo que no soy y una vez descubrieron la realidad se dedicaron a rechazarme. No voy a negar que por el camino estuvo el novio-número-dos que me quería por lo que soy pero al mismo tiempo (y con buenos motivos, no voy a negarlo) jamás pudo acercarse a mí, porque temía lo que puedo ser. Y eso tampoco ayudó a la hora de construir la creencia que lo que soy no me permitirá tener a alguien.
Pero en el proceso estuvo Open-Boy, que tal vez fue el primero en amarme por lo que soy, sin querer cambiarme. El tiempo ha pasado y su amor dejó en mí, la confianza de que es posible ser amada sin necesidad de cambiar.
Hoy, luego del harakiri-amoroso, luego de la terapia, luego de tantas horas de hablar y pensar acerca del tema, luego de sentirme cómoda ciertos domingos cuando paseo por la tierra de Shakespeare, entiendo que lo que realmente quiero es a alguien con quién yo me sienta cómoda. Alguien con quién no tenga que ser más de lo que soy para ser amada pero que al mismo tiempo me empuje a ser cada vez mejor.
Estoy en un momento donde veo que eso es posible. También veo que eso, al menos hoy, tiene un costo que no sé si quiero pagar. Pero el sentirme cómoda, sin fingir y al mismo tiempo oyendo que puedo ser mucho sin traicionarme a mí misma... eso me ha dado una tranquilidad que no pensé que jamás podría tener.
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viernes, 22 de febrero de 2013
A través del espejo
Han sido unas semanas extremadamente largas. De trabajo en exceso, cansancio, gripa, desespero por sentir que estoy dándome contra paredes que jamás había visto, de una enorme frustración por no tener acceso a mis espacios, que siempre han sido mi punto de equilibrio.
Y en medio de todo esto, un día, mientras corría a comprar un sánduche para comer frente a mi computadora, Adri, mi mejor amiga, me mandó un mensaje. Habíamos hablado el fin de semana y como siempre, encontramos que vivimos momentos parecidos, que aún con lo distintas que somos, con las vidas diferentes que llevamos, las sensaciones y reflexiones eran similares. Ella también estaba cansada, perdida y frustrada.
Pero su mensaje decía otra cosa. Y tal vez son los 15 años de estar cerca, tal vez es lo que llaman la intuición femenina, que la conozco mejor que muchos o que -desde la perspectiva masculina- como dijo Pollo, era algo que era obvio que iba a pasar. No sé.
A mí me bastó leer un "Estoy feeeeeeliz y necesito hablar contigo" para saber que de repente la vida nos había cambiado. Que mi Adri, mi amiga con la que hicimos sopitas de bon-bon-bum en piña colada (para descubrir al día siguiente que era pésima idea ya que el azúcar sumado al trago nos estaba matando), con la que compartimos la emoción de enamorarnos de verdad luego de un primer noviazgo que no era lo que creíamos, la que me abrió las puertas de su casa y me dio una familia adoptiva donde siempre me he sentido cómoda, la primera en ponerme como referencia en una hoja de vida, la que en su momento fue una de las que me salvó la vida, a la que ayudé a vestir el día que se casó y por la que hice las cosas que jamás haría ni por mí misma, con la que hay tantas historias para contar y aún más que jamás contaremos pero que nos servirán cuando estemos viejitas y queramos recordar esos años donde exploramos, jugamos, viajamos y nos divertimos (incluyendo una que involucra una pata de pollo, una cámara y prueba que ella la buena y yo soy la mala).... esa que pasó de ser adolescente a ser joven y a ser adulta y jamás dejó de ser mi amiga... esa que es tan parecida a mí y al mismo tiempo tan radicalmente distinta... esa va a ser mamá.
Una vez más viví uno de esos momentos de miles de sentimientos, todos al tiempo, muchos contradictorios, todos intensos. Lloré frente al celular y sin poder guardarme la noticia, se la conté a la señora de los sánduches quién se conmovió tanto que las siguientes veces que he ido ya hasta me pregunta por "su amiga, la que esta embarazada".
La cosa es que siendo yo tan poco maternal, con tantas dudas sobre si quiero tener hijos, estando tan lejos de una vida de señora casada con bebé a bordo... jamás pensé que podría sentir una felicidad tan grande. Porque lo primero que sentí fue eso. La inmensa felicidad de saber que sus sueños se están logrando, que esa mamá que siempre ha estado en su interior va a salir y va a generar a un ser humano que desde ya sé que va a ser absolutamente increíble. Que para mi sorpresa, desde ya quiero. Porque ¿cómo no quererlo?
Y por el lado de la felicidad, fueron saliendo el resto de los sentimientos. El dolor y la culpa de la distancia, de saber que no estaré para acompañarla, que no podré verla cambiar, que me perderé tantos momentos y que para ese bebe que va a llegar, yo seré la amiga loca de la mamá que a veces llega llena de regalos pero que no esta cerca.
También estuvo el miedo... ese miedo que de repente siento de que la vida nos cambie y nos aleje. Que la vida de mamá, esposa y residente de Bogotá, sumada a mi vida de no-mamá, no-esposa y no-residente de Bogotá, acabe con los años de querernos sin juzgarnos. Y es que eso es lo especial de nuestra amistad: siempre hemos valorado que aunque somos muy parecidas en el fondo, vivimos nuestras vidas de formas muy distintas. Y ahí siempre estamos, para mostrarle a la otra, que todo podría ser distinto. Pero que no es lo que queremos. Constantemente vivimos situaciones similares y cada una ve en el espejo de la otra cómo podría ser una vida diferente.
Hay días... hay días donde yo me pregunto qué hubiera pasado si nunca me hubiera ido a India, si me hubiera casado con el Ex o con algún otro que quisiera esa vida, si no tuviera esta profunda necesidad de ver qué hay allá afuera, que me ha traído hasta México y si en mí no hubiera ese gen independiente que logra que yo no dure más de 30 segundos contemplando la posibilidad de volver a Colombia. Y cuando tengo esos días, pienso en ella. Y la veo feliz, casada, llena, ahora embarazada. Y sé que aunque esa es una vida posible, no lo es para mí.
Aunque sé que yo también soy su espejo, a veces me pregunto cómo me ve ella a mí. Si también me usa como referente en las noches donde se pregunta qué hubiera pasado si sus decisiones hubieran sido distintas, si Francia hubiera sido algo más que unas complicadas vacaciones o si la especialización hubiera sido en otro país. No sé exactamente qué se responde, pero también sé que ella me sabe feliz y me sabe bien, pero sabe que esta vida, aunque es posible, no es para ella.
Volviendo al cúmulo de sentimientos... de nuevo hubo esa sensación de que mi mundo crece, se hace adulto y yo... yo lucho por vivir una vida donde yo me sienta cómoda y donde este bien. Donde sienta que puedo ser yo. Y eso, de alguna forma, no encaja en la definición - tal vez arcaica e infantil - que tengo de lo que es ser adulta. Recordé entonces lo que me dijo Pollo luego de leer esa entrada y es que nunca me di cuenta que la primera en armar una vida adulta fui yo. Y que no por no tener marido e hijos, soy menos adulta que ellas. Y pues si. Es un poco así.
Al final, luego de la cascada de sentimientos, los que realmente han quedado, han sido el profundo cariño que le tengo, las ganas de estar más cerca de ella que siempre. Debo ser sincera, un poco la frustración de saber que me perderé de tantas cosas importantes... La felicidad de saber que ella esta haciendo la vida que siempre quiso.
Y además, queda esa otra enorme felicidad y profundo agradecimiento, de saber que para ella era increíblemente importante contarme y hacerme parte, porque como para mí, las cosas se sienten realmente reales cuando la otra las sabe y las comparte. Sentirme así de querida, de valorada, aún después de 5 años de distancia, más de 15 después de esas fiestas de quince... es de las cosas que siempre agradeceré y que serán motivos para sonreír incluso en el peor de los días.
miércoles, 6 de febrero de 2013
¿Se sobrevive el colegio?
Hace unos días, leí un artículo que se llama Why you never truly leave high-school y la verdad es que me dejó con la cabeza jodida. Básicamente explica que el cerebro de los adolescentes sigue en formación durante esos espantosos años. Y por eso los traumas de la adolescencia, nunca se superan. Aparentemente es una época determinante para la vida adulta.
En resumidas cuentas, como uno era de adolescente es como uno será de adulto. Lo que le jodió la vida a los 14, le joderá a uno la vida a los 40 y en lo que uno se siente seguro (si eso en realidad existe) a los 16, es en lo que uno se sentirá seguro a los 50. Aparentemente los que fueron felices en la adolescencia, lo serán de grandes. Los que eran atractivos en el high-school son los que pueden casarse:
"Attractiveness in high school has lingering effects, too, even fifteen years later. “It predicted a greater likelihood of marrying,” says Crosnoe, “better earning potential, better mental health.”
La cosa empeora, según el artículo los miedos, vergüenzas y definiciones sobre lo que uno es, se cargan el resto de la vida. Así, básicamente uno nunca sale del high-school y se queda con una cantidad de taras mentales que moldean la forma en que uno vive la vida.
El cuento es que en las últimas semanas - no sé si influenciada por el artículo o no - he vuelto a sentirme como cuando tenía 17 años. Y no propiamente la felicidad intensa y desaforada del primer amor.
Desde niña siempre fui independiente y en algunos casos solitaria. De adolescente logré establecer amistades, muchas de las cuales perduran hasta hoy y que son de las cosas más valiosas que tengo en la vida. Pero no lo sentía así a los 16.
A esa edad, sentía que mis amigas eran más amigas entre ellas que conmigo. Lo escribo y suena increíblemente inmaduro, pero así era. Y finalmente es la edad para sentir esas cosas. Para tener ese hueco en el estómago de mis amigos no me quieren como yo los quiero y yo soy la añadida del grupo.
Pero los años pasan, llego a mis 30 y resulta que hay días donde me siento exactamente así. Y con gente que sé que en realidad no es mi amiga, que por coyuntura terminan estando cerca pero que no pasaran a mi biografía.
Entonces ahí voy en el dilema entre la adulta que dice que eso no importa, que yo tengo las cosas claras, que sé a quién quiero y a quién no, quién es mi amigo y quién no... y la adolescente que se enfurrusca porque no la invitaron a la fiesta.
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sábado, 26 de enero de 2013
Quejas desde la edad media.
Como dirían estoy que mato y como del muerto. Si fuera uribista diría que estoy cargada de tigre. En pocas palabras estoy absolutamente emputada. Óiganme bien: Em-pu-ta-da.
Resulta que desde que me mudé a este edificio le llevo subsidiando a todos sus inquilinos el gas. Todos viven en apartamentos grandes, con secadoras, viven de a dos personas, cocinan y gastan gas como felices suicidas. Yo en cambio vivo sola, no tengo secadora, no cocino y para lo único que uso el gas es para calentar el agua con la que me baño. Y por eso pago cantidades estúpidas de dinero. Entonces me cansé, hablé con los dueños del departamento y logré que me aceptaran la propuesta de comprar un tanque independiente donde lo que yo pague sea lo que yo me gaste. Ya veré si quiero hacer fiestas de gas con Ginebra. Será mi problema y no me peleará la del tercer piso que porque estoy gastando mucho.
Así que esta mañana debían llegar los del tanque. Pero amanecí sin luz. Y esto ha significado un desgaste que no termina. Para empezar porque tenía que estar pendiente de la puerta porque sin luz no hay timbre. Tampoco pude hablar con mi mamá porque el teléfono es inalámbrico y así tuviera uno viejo, yo llamo a través de internet. Y sin luz no hay modem y sin modem, no hay llamada a la mamá. Fin del contacto familiar por este día.
Para empeorar las cosas tampoco tengo agua porque la bomba es eléctrica. Y sin luz, no hay bomba y sin bomba... no hay agua. Para ese momento tampoco tenía gas porque ya estaba que se acababa y no íbamos a pedir más si íbamos a cambiar el tanque. Finalmente llegaron los encargados lo instalaron y resultó que los que traen el tanque no lo llenan. Se limitan a llamar a otros que se dedican a esos menesteres.
Esos prometieron que antes de las 4 lo traían. Así que de nuevo a pasar el día junto con mis vecinos (que también decidieron vivir en repúblicas independientes de gas) pegados a la ventana de ellos (yo no tengo ventanas que den a la calle... de hecho no tengo ventanas por lo que escribo en total oscuridad) esperando primero que llegaran los del tanque y luego los del gas.
Pero para lograr que los del gas llegaran tuvimos que hacer unas 5 o 6 llamadas porque cada vez nos decían algo distinto. Que se dañó el camión, que es que no les habían dicho, que es que, quesque. Y al quejarme de eso necesito desahogar toda mi IRA (porque yo ya no tengo furia, yo tengo IRA. En mayúsculas y todo) contra los tarados e ineficientes de la Comisión Federal de Electricidad, CFE.
A ellos yo los llamé a las 930 am a decirles que no había luz. Y ahí me aseguraron que entre 1 y 4 horas venían. Como ya sabemos como son las cosas, a las 12 mi vecina volvió a llamar y le dijeron que no había ningún reporte. (Seguro aluciné la primera llamada aunque tengo el reporte de la misma). Así que volvimos a poner otro reporte. A las 2 seguían sin llegar y un idiota de atención al cliente me dijo que los fines de semana el plazo de 1 a 4 horas no era cierto porque es fin de semana. Y con lo que me gusta a mi que me digan mentiras. Pero que ya volvía a enviar el reporte para que vinieran.
A las 4 (aún sin gas) descubrimos que detrás de mi calle estaban los genios de la CFE, quiénes procedieron a informarnos que ellos llegaron a las 10 de la mañana por una revisión programada. Es decir NO por mi reporte. De hecho ni sabían del reporte. Lo que sí sabían era que el daño era grave. Muy grave. En realidad eran 3 daños. Uno en el transformador, otro en una línea y otro en yo no sé qué. Y que ellos ya estaban terminando el turno y que se iban a ir. Que le tocaba ahora a otra cuadrilla. Cuadrilla a la que no le informarían lo que ellos ya sabían porque eso pa'qué.
Volvimos a llamar, volvimos a pelear y volvimos a oír versiones encontradas. Más tarde nos encontramos con los de la otra cuadrilla que nos aseguraron que el único problema era el transformador y cuando les contamos que unos vecinos habían visto a las 6 am como un poste del otro lado de la calle botaba chispas, hicieron cara de total sorpresa.
Yo para ese punto ya estaba absolutamente emputada, desgastada y frustrada. Habían sido mínimo 10 llamadas entre mis vecinos y yo, y cada vez nos dijeron algo distinto. Así que un buen samaritano me prestó su ducha y yo me largué a esos lugares tan absolutamente modernos que tienen agua, agua caliente, luz y hasta internet. Lo que es la modernidad, ala.
De ahí me fui a cine y regresé a las 11 de la noche para descubrir que las dos calles con el problema ya tenían luz, incluyendo mi cuadra. Excepto por 3 putos edificios que seguimos a oscuras. Sin siquiera intentar calmarme antes de llamar, volví a hablar con los de la CFE quiénes primero me aseguraron que el problema estaba resuelto (seguro es que yo de loca no quiero prender la luz en mi casa y de paso se las apago a todos mis vecinos) y luego de mucho rogar y explicar y pelear, me dijeron que mi reporte señalaba que el problema estaba resuelto PERO que había otro reporte en mi mismo domicilio que indicaba que tanto a las 4 pm como a las 10 de la noche habían intentado resolverlo y que la calle estaba bloqueada y que por eso no lo habían arreglado. Así que aparentemente los 3 edificios somos el gato de Schödinger donde tenemos y no tenemos luz. "Como si hay una contradicción, voy a levantar un nuevo reporte para que entre 1 y 4 horas vayan a su domicilio a revisar el problema, señorita Obregón". Esa fue la respuesta. Pues si, idiota, claro que hay una contradicción y yo ya llevo 20 horas sin luz así que manden a alguien pero YA.
Siguiendo los consejos de Twitter media hora después volví a llamar y la genio en turno que me atendió me informó que el problema no era que la calle estuviera bloqueada, que no había ningún reporte que dijera eso ni que dijera que mi problema estaba resuelto (otra locura mía seguramente), que el tema era que una línea estaba dañada y que en algún momento de la vida (seguro entre ahorita y el fin del mundo) vendrían a arreglarla.
Así cumplo 20 horas sin luz, sin agua, sin teléfono y con la señal de internet robada del hotel del lado que tiene planta de energía. Mi teléfono lo cargo por ratitos y desde las 3 de la tarde, no supera el 35% de batería. En esta laptop me quedan 51 minutos de carga. Y algo me dice que mañana cuando me levante seguiré en esta especie de medioevo forzado en el que me tocó vivir. Y tendré que recordar por qué carajos, si vivo como en la edad media, yo no puedo ir a donde algún señor feudal a exigirle que acribille a los idiotas que se encargan de la luz y por ende del agua, del internet y del teléfono.
Al menos ya tengo gas. Así no me sirva de nada.
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viernes, 25 de enero de 2013
¿Dónde puedo comprar un poco de paciencia?
Yo soy muchas cosas. Pero una de las que definitivamente NO soy es paciente. Una forma sencilla de torturarme es ponerme a esperar. Con el paso de los años he creado mecanismos para ayudarme con el tema.
Así cuando sé que me voy a enfrentar a una situación donde pasaré horas esperando que me atiendan - digan ustedes cuando voy a Migración - voy armada de buenos libros, podcasts y zapatos cómodos para hacerme más fácil la vida. El celular es el que me salva cuando estoy atrapada en el tráfico y tengo que ser paciente mientras llego a donde sea que voy. Y así, tengo pequeños mecanismos para no enloquecerme más de lo debido.
Pero esas situaciones son relativamente aceptables. Porque son cortas. Por más que sienta que son horas eternas en Migración, al final nunca son más de 6. Y por más que el tráfico de esta ciudad sea horrible, jamás ha pasado que al final no llegué a donde iba.
Pero hay otras situaciones donde uno no puede consolarse pensando que en 8 personas más me atienden. Básicamente hay situaciones donde uno no tiene la más mínima idea de cuándo va a pasar lo que uno esta esperando. En teoría ahí es cuando hay que tener paciencia.
Y ahí es que me cuesta todo el trabajo del mundo ser paciente. Ahí es donde empiezo a desesperarme y a querer adelantarme en una fila que no existe para preguntarle a una señorita imaginaria qué cuando es que me van a atender.
Las últimas semanas he estado hípersensible. Llorando por comerciales de papel higiénico sin que pueda remediarlo. Y desesperada hasta decir no más porque ya quiero que todo sea como yo quiero. Pero YA. Nada de que más tarde, que ahorita, que mañana. No. Quiero que sea YA.
Y resulta que no se puede. Que tengo que ser paciente, hacer las cosas bien y confiar en que pronto sucederá lo que estoy esperando. Pero no hay forma de saber siquiera si sucederá. Entonces me emputo y como estoy sensible me dan ganas de llorar. Y de mandar el mundo a la mierda.
Claro, la ley de Murphy no ayuda y entonces se suman motivos de impaciencia: que el uno no actúa como quiero y que lo único que puedo hacer es ser paciente y esperar a ver si la cosa retoma el rumbo; que puede que mi rutina laboral cambie pero que hay que esperar; que todo puede mejorar con un correo pero nada que lo mandan así que de nuevo solo puedo esperar a que la persona escriba....
Así que estoy jodida. Al menos ya no estoy hípersensible así que podré volver a ver televisión sin miedo a que el infomercial de brassieres mágicos me haga llorar.
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martes, 8 de enero de 2013
¿Adulta?
El domingo en el vuelo de regreso al DF me vi Liberal Arts y tiene una gran cita:
"Nobody feels like an adult. That’s the world’s dirty secret"
¿Será cierto?
Cuando lo pienso la verdad es que no me siento muy adulta que digamos.
He conocido gente que realmente parece encajar perfecto en su rol de adulto. Incluso antes de que lo sean. Tuve una amiga que cuando teníamos como 22 años decidió empezar a hablar de cómo "ya no estamos en edad de emborracharnos y hacer boberías". Me acuerdo de pensar que yo si me sentía en edad de hacerlo.
Y la cosa es que hoy a mis 30 años, hay días en que quiero emborracharme y hacer tonterías. De hecho hay días donde lo hago. Y no sé si eso signifique que soy inmadura como creía esa amiga o que simplemente ella era la inmadura.
Veo mi Facebook lleno de niñas de mi colegio, niñas de mi edad, casadas y con hijos. Adultas todas ellas. Más allá de mis eternas dudas sobre la posibilidad de reproducirme, yo no me siento ni remotamente cerca de la estabilidad necesaria para tener un hijo. ¿Eso significa que aún no soy adulta?
Si me encontrara con mi yo de 8 años, ella probablemente pensaría que soy muy adulta. Vivo sola, soy responsable de una gata (y de una planta, pero dado que a esa la estoy matando lentamente no vamos a ahondar en el tema), pago mis cuentas, me mantengo con mi sueldo, el cual me gano yendo todos los días a trabajar y hoy hasta ando de tacones.
Pero a veces siento como si estuviera jugando a la casita y a la oficina. Cuando estuve en Colombia me encontré con mi anuario de colegio y al leerme me di cuenta que aún siento que me queda mucha vida para hacer muchas cosas, para lograr muchos sueños y vivir muchas cosas. Tal vez por eso no me siento tan adulta. Una parte de mí todavía se siente chiquita, siente que falta mucho para el momento en que haya que tomar decisiones más serias, como definir lo de los hijos o comprar un apartamento y así decidir que cierto lugar del mundo es donde quiero estar por muchos años... cosas de grande.
Y tal vez es cierto que nadie más se siente realmente adulto. O tal vez soy yo que me niego a ver la realidad.
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