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lunes, 5 de junio de 2017

Momentos de felicidad pura

Hace mucho no escribo aquí. La vida ha dado vueltas y escribir se ha hecho difícil. Pero un día, a comienzos de este año, encontré la forma de escribir así no fuera con palabras en un papel. 

Improv. 

Era algo que había querido hacer desde hacía mucho. Tenía mucha curiosidad, particularmente después de mis clases de StandUp comedy. Y la verdad, lo he disfrutado muchísimo más. Y me ha tocado mucho más la vida. 

En la primera clase nos contaron que en la Improv hay 3 principios básicos y entre más los aplico, más siento que son principios para la vida: 
  • Debes aceptar todo lo que te propongan, solo así funciona la improv, cuando aceptas y dices SÍ! 
  • Se consciente de tus alrededores: tienes que ver, oír y sentir qué están haciendo tus compañeros para poder incorporarlo a lo que tú estás haciendo
  • Acepta los errores que cometes y no te quedes pensando en ellos: No pasa nada si te equivocas, de ahí viene lo divertido. 
Y yo, tan perfeccionista, tan dura conmigo misma, he tenido que aprender que no me puedo quedar pensando en lo que hice mal o lo que hubiera podido hacer mejor porque entonces freno todo y dejo de estar en el momento. No voy a decir que ya nunca lo hago, pero si debo decir que esto ha sido una profunda lección de tolerancia conmigo misma (y con los demás). 

Levantarme temprano los sábados dejó de ser algo negativo y ahora es algo que espero cada semana, porque de repente encontré cómo pasar 3 horas seguidas sin pensar en mi vida, riéndome y aprendiendo. 

Si, la improv es mucho de agilidad mental, pero es más de aprender a fluir. Cada vez que uno intenta pensar en algo gracioso, se deja de ser gracioso. He aprendido a confiar en mi cerebro para que encuentre las ideas y las palabras perfectas para cada situación. 

Y destaco confiar porque eso es lo otro que he aprendido. La improv ante todo es un trabajo en equipo, mientras en el standup aprendí a pararme en un escenario sola contra el mundo confiando solo en mí... en la improv he aprendido a confiar en mi grupo, en esos personajes que como yo, eligen pasar sus mañanas del sábado jugando y divirtiéndose. 


Yo, la hija única, independiente, uniandina que nunca disfrutó trabajar en equipo porque jamás confió en sus compañeros, he tenido que aprender a la mala a hacer equipo y en la improv, aprendí a hacerlo pero ahora a las buenas. "No importa que se equivoquen, alguien vendrá a rescatarlos" es una frase dicha por mis profesores una y otra vez, hasta que se ha vuelto realidad. Me paro en el escenario y no tengo miedo (no tengo TANTO miedo) porque sé que no estoy sola, que hay otros jugando conmigo y que al final, juntos sacaremos las cosas adelante. 

Juntos hacemos cosas imposibles como caminar todos al tiempo y sin decir una sola palabra, detenernos todos al tiempo para luego, otra vez todos al tiempo, volver a empezar a caminar. O crear historias que tienen sentido, cada uno diciendo solo una palabra. O convencernos que pararnos frente a nuestros amigos y familia no es una idea absurda. 

Y entonces el sábado, después de uno de los meses más intensos de mi vida, donde por ley de murphy se me juntaron 2 proyectos, una noticia personal que me genera toda la ansiedad del planeta y cuanta cosa pudo ocurrir... yo tuve un momento de felicidad plena al estar parada en un escenario. 

Mi yo interna, esa que jamás ha dejado de desear ser una actriz de broadway, tuvo la oportunidad de estar en un escenario, cantando, actuando y bailando sin morir en el intento. No importó el cansancio, el no saber dónde estaré viviendo en 3 meses o cómo será mi vida o si Trump nos va a terminar de joder a todos, yo levanté mi voz, me acordé de mi profesora de teatro gritándome que o me oían en la última fila o me sacaba del escenario y fui feliz. Profundamente feliz. 










lunes, 18 de mayo de 2015

La tradicional lista de deseos de cumpleaños

Pues llegaron los 33, un número que me parece que no tiene mucha gracia y en medio de días en que no he estado tan contenta. 

Pero yo creo que cumplir años es chévere y es una oportunidad de pensar y poner las cosas en perspectiva. Y creo que es un buen momento para dejar claro qué es lo que quiero y necesito por estos días. Así que queridos lectores y querido universo, va mi lista de deseos para este año: 
  • Tranquilidad y estabilidad emocional. Esto de andar jugando al yo-yo me tiene ojerosa y cansada
  • Un paseo al nevado de Toluca
  • Salud... claramente se ven los 33, estoy cansada de las partes defectuosas de mi cuerpo
  • Y si ya estamos en estas, varios kilos menos 
  • Muchos good hair days
  • Que Ginebra entienda qué días podemos dormir más y no me despierte llorando por comida que sí tiene y que solo quiere que yo vaya y le muestre
  • Organizar mis finanzas y tener más ahorros
  • Conocer un país nuevo
  • Poder tomar las clases de canto que quiero y que nada que puedo tomar 
  • Encontrar y entrar a un bonito diplomado/curso de Social Media 
  • Abrir mis horizontes profesionales aprendiendo cosas nuevas
  • Que el sueño de llevar al señor Gelatina a Bogotá se haga realidad
  • Una de dos... que las palabras que sueño sean dichas o que yo pueda dejar ir la necesidad de esas palabras y lo único que importe sean las acciones 
  • Gente nueva para conocer
  • Y que los que están se queden... 
  • Tener el valor de dejar mis miedos, superar los dolores de mi pasado y poder simplemente ser feliz 
  • Espacio mental para escribir mucho 
  • Más visitas de la gente que quiero
  • Muchas mañanas en Shakespeare 
  • Y si ya están buscando... alguno de estos vestidos

viernes, 13 de junio de 2014

Pan tostado en San Francisco y otras aventuras

Lloré cuando lo vi. Tras una bajada, en medio de la niebla, ahí estaba: el Golden Gate Bridge. Y yo lloré cuando lo vi. Lloré por mi abuelo, imaginando cuántas veces habrá ido a verlo cuando vivió en San Francisco, pensando qué habría sentido la primera vez que lo vio. Extrañándolo como todos los días.

Pero esas fueron las únicas lágrimas que lloré durante mi paseo. El resto fue pura felicidad y mucha, mucha risa. Chicago y San Francisco eran las dos ciudades de Estados Unidos a las que vuela Volaris que me llamaban la atención. Así que durante mucho tiempo planeé ir. Ahora que con el Sr Gelatina hemos por fin encontrado un punto intermedio entre las mañas que cada uno tiene, se abrió la posibilidad del viaje.


Y así como con total sencillez él sugirió que lo acompañara a pasar su cumpleaños a NY, apareció una promoción del 50% de descuento que le permitió a él encontrar un buen precio para irnos en mi cumpleaños.

Fue fantástico descubrir juntos la ciudad, caminar por calles con hermosas casas de madera y descubrir que podemos recorrer 15 kilómetros en bicicleta sin morir en el intento. Lo cual no significa que no se sintiera como que íbamos a morir en el intento. A mí me habían dicho que la mejor forma de ir al Golden Gate era en bici, lo que no me imaginé es que fuera tan lejos y en un camino tan bonito pero también tan difícil.

Cuando alquilamos la bici, nos dieron un mapa y unas instrucciones que incluían el tener que pasar por una pequeña cima la cual en la vida real era una rampa casi vertical que me impidió dar medio pedaleo pero que un ciclista –que quiero pensar era profesional- se echó tranquilito sin infartarse mientras el Sr Gelatina y yo sudábamos arrastrando nuestras bicis a pie.
Y así como en NY el pobre Sr Gelatina tuvo que oír cada medio metro el “es que es muy bonito” cuando me refería a la nieve, en SF tuvo que oír la misma frase con la misma regularidad pero refiriéndome a la naturaleza. El bosque que queda cerca del puente, el parque que lleva su nombre y sobre todo el jardín botánico de la ciudad, son de los lugares más hermosos que he visto. Lugares para respirar, escuchar pájaros y sentir que se está muy lejos de cualquier rastro urbano, aún cuando se esté a pocas calles de la realidad ciudadana.


Pero no todo es naturaleza en SF, la ciudad también me enamoró por su fantástico arte callejero. Murales y graffittis me hicieron parar una y otra vez para ver cómo en cualquier rincón de la ciudad hay verdaderas obras de arte. SF es una ciudad colorida, tanto en las casas de madera donde de repente uno descubre una morada, otra verde y más adelante una azul, como en las paredes que se llenan de formas y figuras.

Entre la naturaleza y el arte callejero están los locos. Si algo nos impactó de SF fue el hecho de que en todas partes hay indigentes. El Sr Gelatina dice que es la herencia de años de música, arte y drogas. Una amiga alegó que es producto del cierre de los hospitales psiquiátricos en los 80 cuando botaron a los pacientes a la calle y nadie se encargó de ellos. Yo leí un artículo sobre cómo el incremento de los precios de renta y comida, por el auge de las empresas de tecnología que operan en la ciudad ha hecho que SF sea invivible para los no-multimillonarios, por lo que hay personas que aún con dos trabajos, no pueden pagar un apartamento.

Probablemente los motivos por los que hay tantos indigentes son una mezcla de todas las respuestas anteriores y algunas más, al final el producto es el mismo: uno camina y cada dos tres pasos ve a alguien hablando con un poste, peleándose con una pared o gritándole a un aterrorizado turista que no ha entendido que el cuento realmente no es con él pero que es mejor cuidarse cruzando la calle.

Miento. Hubo un lugar al que fuimos y donde no había un solo indigente. Probablemente porque no había nada. Excepto una tienda de pan tostado.

La historia de la aventura del pan tostado será recordada por mis amigas como el indicador para medir el amor que tienen por uno. Resulta que hace como 5 meses en uno de mis podcast favoritos – This American Life de NPR – contaron que la nueva tendencia hipster es tiendas (porque no se les puede llamar restaurantes) de pan tostado. Así, tal cual, sin más conocimientos culinarios que poder bajar la palanca de la tostadora.

Al parecer todo empezó por una mujer bipolar que durante años había luchado contra su enfermedad. Un buen día llegó a SF, conoció unos alemanes locos que les gusta meterse entre el mar helado, descubrió que si lo hacía su mente se aclaraba y decidió poner un café donde vendería agua de coco, buen café y… pan tostado.

¿Que por qué pan tostado? Porque es algo que todos hemos comido en la vida y nos hace sentir bien, porque es algo que nos dieron en la infancia y nos alegraba la vida. O al menos eso dice ella. Tras oír el podcast yo decidí que quería ir al Trouble Coffee como se llamó el café. Realmente no sé por qué, tal vez por la historia de superación, por las dificultades que la mujer vivió o por lo exótico que sonaba. No sé.

Pero en nuestro último día en SF, el Sr Gelatina y yo nos fuimos para este lugar. El tema es que queda en el fin de la ciudad, casi casi llegando a la frontera con Argentina. Tras una hora de camino pudimos ver como las bonitas casas de madera con jardines y parques se convertían en pequeñas casas protegidas por gruesas rejas. Media hora más y el Sr Gelatina amenazó con burlarse de mí el resto de la vida si al llegar el café estaba cerrado.

No lo estuvo pero ya no estoy segura de si eso no hubiera sido mejor. Si no hubiéramos podido entrar, al menos nos hubiéramos quedado con la curiosidad de un pan tostado mítico y maravilloso. Pero no, nosotros pudimos conocer la realidad. Un diminuto café, donde aunque venden scones y galletas, la gente solo quiere probar el pan tostado. Y pues es eso. Pan tostado en tostadora. Con mantequilla y canela encima para que no sea tan triste. No es un mal pan pero no es un gran pan. Es pan tostado. Como el que me daba mi abuela y mi tía cuando era una niña.

Tres horas de recorrido por un pan tostado. Y ni siquiera vimos a la dueña porque al parecer se volvió tan exitosa que ya abrió un segundo café en otra parte de la ciudad. Y como dice el Sr Gelatina , probablemente vive en el Upper East Side de Manhattan.
Tras probar el pan tostado y un café común y corriente, regresamos a la parte poblada de la ciudad, con los murales y los indigentes, para visitar el barrio gay de SF: Castro. Es un distrito lleno de historia y actualmente en medio de obras para mejorar la vialidad por lo que caminar deja de ser tan interesante. Con todo y eso, encontramos una de las tiendas que más me gustó en todo el paseo.

La Human Rights Campaign Shop es una tienda que vende ropa y objetos con mensajes e imágenes a favor del matrimonio igualitario y los derechos LGBTI. Además de que es algo en lo que creo profundamente, la ropa está increíble por lo que aún cuando ya había terminado el shopping, yo seguí colaborando con la economía gringa. Una de las cosas que me pareció más chévere es que la tienda además está en la que fue la casa y almacén de Harvey Milk, por lo que tiene aún más sentido su lucha.
Fueron 4 días de caminar, conocer, montar en bicicleta, comer delicioso (juro que hubo platos más refinados que el pan tostado) y sobre todo de reírnos todo el tiempo. De perdernos en un sistema de transporte público que jamás pudimos entender, que tiene elementos tan ilógicos como que el metro de repente sale del túnel y se convierte en bus con paradas según lo soliciten los pasajeros por lo que uno nunca vuelve a saber en dónde está. Además tiene un logo tan confuso que durante días nos preguntamos si era Muni o Mini. Al final, lo bautizamos el Minimuni y optamos por reírnos con cada elemento de confusión.

Creo que ante todo, lo que más recordaré del viaje fue lo feliz y tranquila que me sentía. Hicimos lo que quisimos, conocimos lo que nos dio ganas y exploramos sin presión alguna. Cuando fuimos a NY uno de mis musicales favoritos fue Matilda y su frase “Nobody but me is going to change my story!” me llegó al alma. Sabía que era momento de cambiar mi historia. De seguir luchando por vivir la vida que quería.

Estando echada en el pasto del jardín botánico, con la certeza de que mi vida había cambiado porque así lo había querido, celebrando mi cumpleaños con esa persona con la que puedo ser yo y que me hace reír hasta que me duele el estómago pero que también sabe darme la mano y abrazarme cuando la emoción de ver el Golden Gate se vuelve tristeza por no poder compartirlo con mi abuelo… fui feliz y supe que cada día mi vida es más la que quiero.



No solo por él. Ante todo fue por mí, porque tras años de trabajar en mí, he soltado las cosas de mi pasado que no me dejaban ser feliz y he buscado intensamente entender qué es lo que necesito para estar bien. Necesitaba mejor calidad de vida para volver a hacer todo lo que me gusta y lo que quiero. Y un reto nuevo para volver a apasionarme y levantarme con ganas a ir a trabajar.

Y de repente lo que quería y necesitaba apareció. El lunes estaré empezando una nueva etapa donde espero encontrar lo que he estado buscando desde hace tanto tiempo. Diría que tengo una mezcla de sentimientos, nervios de entrar a un nuevo trabajo, emoción, felicidad y susto de lo que viene. Pero  los días de descanso en la playa, la tranquilidad de saber que tomé una decisión que era necesaria y probablemente una alta dosis de negación me hacen estar sumamente relajada. 


martes, 18 de marzo de 2014

Oda al respeto o no me jodan si no sueño con tener un bebé

Hoy me encontré este gran texto sobre por qué no se le debe preguntar a las mujeres por qué no tienen hijos. La que lo escribe lo hace desde su perspectiva de mujer casada y habla sobre cómo hay muchos motivos por los que una mujer puede no tener hijos.

Claramente para algunas mujeres es un tema de querer y no poder. Y debe ser terriblemente frustrante y doloroso explicar que sí quieren ser mamás pero que por algún motivo no pueden. Cada una de las que se tiene que aguantar las lágrimas cuando un imprudente les dice que por qué no tienen hijos, se debería ganar un premio especial en la vida por no andar matando a esos idiotas.

Pero también estamos las otras, las que tenemos que defender nuestra decisión de no querer reproducirnos. Para este punto de la vida, he pasado demasiadas horas explicando que no creo que el hecho de tener o no tener hijos me haga más o menos mujer. Ya me he tenido que aguantar las ganas de pegarle al que me pregunta que entonces quién me cuidará de viejita (como si tener un hijo fuera garantía de eso) o a la que me mira por debajo del hombro y me asegura que nunca conoceré la verdadera felicidad si no tengo un hijito como ella.

Tal vez sea cierto, tal vez no. No hay manera de saberlo y yo vivo tranquila con eso. Por ahora, estoy tranquila sabiendo que la vida que todos los días construyo es muy poco child friendly. Que soy una persona poco child friendly y que eso esta bien. No todos tenemos que reproducirnos. De hecho, si somos muy racionales, muy pocos de nosotros deberíamos hacerlo.


Es cierto que no puedo garantizar que más adelante no los quiera y por eso no puedo decirle mucho a los que me sueltan el tan detestable "estoy seguro que en 2 años sí vas a querer". Sobre todo, porque los que suelen decirme eso, son los que menos me conocen y no han visto mi cara de pánico cuando alguien intenta que cargue un bebé. Son lo que no saben que yo tengo miles de sueños para mi futuro, pero que ninguno incluye hijos. 

Hoy vivo tranquila sabiendo que como muchos me han dicho, tal vez un día me arrepienta de no haber tenido hijos. Pero creo que es peor arrepentirme de haberlos tenido. Y sé que nadie acepta que se arrepienten de haber sido papás, pero estoy totalmente segura que esas personas existen. A lo mejor no se arrepienten todos los días y todo el tiempo, pero yo probablemente tampoco me arrepentiría todos los días y todo el tiempo.
 
La verdad es que por lo menos ahora -y por los últimos 31 años- nunca he tenido un deseo profundo de ser mamá. Entonces digamos que veo muy pocas probabilidades de que pase. El único momento de mi vida que contemplé hacerlo fue cuando estaba con el Ex y jugaba a la idea de la vida cuadrada con la que él soñaba. 


Pero al final, es un tema más profundo y es la intensa presión que hay para que todos vivamos la vida que los demás creen que es la "correcta". Como bien comenta alguien en Facebook, da lo mismo si ya tienen uno porque entonces la presión es que para cuando el hermanito. Y sospecho que a los que resuelven que entonces tienen 7 niñitos a lo Von Trapp, entonces se tienen que aguantar la presión de "pero por qué tantos". 

Tal vez es porque hoy nada me ha salido como tenía planeado, tal vez es porque empecé la semana trasnochada pero feliz, tal vez es porque cada día me convenzo más que el truco para ser feliz es encontrar lo que a uno le hace bien y luchar hasta la muerte por eso. Pero hoy, hoy realmente quisiera que la gente dejara de opinar sobre la forma en que los otros hacen su vida, de preguntar lo que no les importa y de juzgar a los que viven una vida distinta a la suya.  

He dicho. 

domingo, 9 de marzo de 2014

Too close to home

Este fue un fin de semana de cine... y anoche fue el turno de August: Osage County. Salí y tuve que irme al baño para terminar de llorarla. Porque me pegó en más traumas personales de los que quisiera. Y no, mi familia no es tan disfuncional como la de la película. 

Pero por ahí vamos. 

Uno de los ejes de tensión de la película es el reclamo que le hacen al personaje de Julia Roberts por haberse ido. Se lo echa en cara su mamá y su mamá. Ella argumenta que su marido tuvo una buena oferta pero al final es que fue su instinto de preservación. 

Y entonces yo me quedé pensando en mí. Siempre me ha parecido bonito que desde niña yo quería viajar por el mundo. Recuerdo viendo mi atlas y pensando en todos los lugares a los que quería ir. Pero hoy me doy cuenta que además de una inmensa curiosidad... yo quería huir. 

Huir de los dramas familiares, de las enfermedades, de las muertes y todas esas cosas de las que ya no hablo porque siento que ya pasaron. Pero también lo siento así, porque yo me fui. Toda mi adolescencia tuve la sensación de estar viviendo cosas que no debía y hoy me doy cuenta que es cierto. Que en efecto, no a todo el mundo le toca caer en una familia con tanto rollo. Todas los tienen, pero digamos que los de la mía son más coloridos y con más facilidad de pasar de una generación a la otra, conmigo incluida. 

Y sí, las cosas han mejorado, muchos ya no están y el resto hacemos lo posible por no repetir la historia. Y yo logré lo que quería. Cambié mi vida, me metí a terapia, cambié de amigos y busqué una forma de no seguir resonando con los dramas vividos. Hoy me doy cuenta que eso en parte me hizo llegar hasta México y eso está bien. 

Nunca terminaré de huir. Los traumas los traigo en el corazón y a veces los recuerdos se alborotan, como anoche con la película. Pero quiero creer que estoy escribiendo mi propia historia, que hasta ahora he logrado una vida buena y sana, donde estoy bien. Todos los días sé que The Bell Jar está cerca y eso me hace esforzarme por ser feliz, por hacer las cosas que me hacen bien. Por luchar por mi bienestar. 




sábado, 1 de marzo de 2014

Hoy me doy permiso...

Cuenta mi mamá, que un día cuando yo tenía como 12 o 13 años, me oyó hablando por teléfono con una amiga. Al parecer la niña en cuestión estaba frustrada porque su mamá no era cómo ella quería. Y yo siendo una buena amiga la estaba aconsejando. Dice mi mamá que lo que yo dije fue algo cómo: "Tienes que entender que uno tiene que aceptar a los papás cómo son, yo por ejemplo ya acepté que mi mamá nunca va a ser una señora de sastre, ella solo es un desastre". 

Sospecho que para mí mamá no fue tan chévere oír eso. Pero hoy, muchos años después, acepto que soy muy feliz de tener a la mamá que tengo y que en efecto, no sea una señora de sastre. Y claramente, siendo yo soy hija, tampoco lo soy. Es cierto que me disfrazo más que ella. Que de tanto en tanto, puedo irme a la oficina con tacones, peinada y con ropa de mujer seria. 

Pero se siente un disfraz. Y luego, cuando veo a esas otras mujeres, las de pelo perfecto, maquillaje impecable, con ropa que les combina, que no se arruga ni se mancha, de aretes que yo jamás consideraré ponerme... me acuerdo que yo no soy una de esas mujeres. 

Yo soy la que se disfraza ocasionalmente; la que se va a Playa del Carmen en un colectivo de 30 pesos y luego se queda dormida en la playa para despertarse como un camarón cruzado con dálmata porque el bloqueador se cayó a pedazos. Ya no soy la que se queda en hoteles de menos de un dólar la noche pero sigo siendo la que después de una semana difícil necesita quedarse todo el día entre su cama sin hablar con nadie. 

Y ya en este punto, acepto que jamás seré la mujer de pelo perfecto, uña pintada, aretico-de-perla y marido que le combina con los zapatos de tacón. Y casi todos los días, sé que soy feliz sin ser eso. Que de hecho, no podría ser feliz siendo eso. Porque a mí lo normal no me funciona. Ahora he estado viendo Scandal y hay ese análisis. Cómo hay personas que son normales y pueden vivir en su casa en los suburbios, tener un jardín, un perro y ser felices. 

Pero hay otros que no pueden. Que necesitan trabajos intensos, retos permanentes, disparos de adrenalina cuando uno menos se lo espera. Y amores diferentes. Relaciones que no se pueden encuadrar en la casa con jardín, el perro y la cena familiar cada noche.

Y sí, en efecto, yo soy de ese último grupo. Claramente sería más divertido si además yo trabajara con Olivia Pope y tuviera que resolver escándalos de la Casa Blanca. Pero en términos prácticos, soy de su grupo. Soy la que necesita retos, la que busca hacer las cosas a su manera así el mundo entero le diga que es mejor si sigue a los demás, la que se enamoró y terminó en una relación abstracta y única que le demostró que hay una felicidad profunda que viene de sentirse aceptada tal y cómo es.

Y entonces todo está bien, y en ese momento entiendo que lo que me resta es simplemente ir afinando los detalles, buscar retos que me obliguen a crecer, salir de la maldita zona de confort y seguir aceptando que soy feliz en la Gelatina.

Pero hay noches como hoy… luego de una semana difícil, donde sentí que el universo conspiraba en mi contra; donde cuestioné los motivos por los cuales estoy en donde estoy; donde odié ser la que siempre estará pensando si su vida sería mejor si estuviera en otro lado… donde lo extrañé todos los días y me odié por entenderlo y comprender que su vida es su trabajo y que ahí es dónde quiere estar… hoy me doy permiso para por una noche querer ser normal.

Hoy me doy permiso de querer no cuestionar la forma en que los otros hacen las cosas. Hoy quiero ser a la que no le duele sentir que el barco se hunde por falta de interés del capitán. Hoy me doy permiso de querer una vida más simple. Con un amor más simple, más estable y con quién no tenga que luchar tanto para que se den los espacios para poder estar. Hoy me dormiré queriendo ser la que es feliz con una vida normal y simple.


sábado, 15 de febrero de 2014

La felicidad se llama NYC


Y de repente, antes de que me diera cuenta, estaba caminando hacia el Four Points del Sheraton en Nueva York. Era viernes. Tan solo el martes anterior había tomado la decisión de que viajaría.

Me fui porque el Sr Gelatina me dijo que me fuera con él. Es así de simple. Uno de los grandes puntos de debate y frustración que había entre los dos era el hecho de que él no quería viajar conmigo. “Yo viajo solo”. Y de ahí no había chance de moverse. Incluso si a los dos nos encanta viajar o si cada vez que estamos juntos pasamos felices.

Pero las cosas han cambiado y los dos estamos tratando de hacer las cosas diferentes. Así, un domingo mientras él manejaba, casualmente me dijo que me fuera a NY con él a pasar su cumpleaños y a ver musicales.

Y con la ayuda de mi familia y de mis fantásticas amigas, conseguí desde el crédito para pagar en diciembre el boleto, los recursos para llorar de la emoción con Matilda y toda la ropa necesaria para no morir de hipotermia.

Tras muchos viajes sola, muchos de trabajo y algunos en compañía donde yo tomé la iniciativa de qué ver y qué hacer, en este jugué el juego de dejarlo a él decidir. Finalmente era el viaje que él había planeado y lo que yo quería era acompañarlo. La ventaja es que tenemos los mismos gustos así que fuimos felices caminando sin rumbo por Soho, descubriendo restaurantes españoles con meseros que para mi furia le coquetearon a él y no a mí y viendo muchos musicales.

Esta vez descubrí el Chelsea market donde se ve el cambio de la ciudad que pasó de tener un mercado de carne a un mercado elegantísimo con tiendas fantásticas, librerías muy chéveres y un restaurante italiano donde nos comimos el mejor postre del paseo.



Una de las cosas que más me gustan de NY son sus museos y esta vez solo fui a uno: el de historia natural porque el Sr Gelatina insistía en que quería ir para ubicarse en el mundo. Yo no entendía mucho el interés y precisamente por eso lo acompañé. Resulta que hay una exposición sobre las escalas del universo. Uno desciende un espiral donde muestran la gama de tamaños en el universo, desde las partículas más chiquitas hasta cosas enormes como las galaxias, el sol y en versión “chiquita” los planetas que rodean la tierra. Usando como referencia una esfera gigante que hay dentro del museo y donde pasan películas, le muestran a uno los tamaños relativos de las galaxias, las estrellas, planetas, células y átomos. En pocas palabras, logran que uno entienda que al final, uno es solo un punto diminuto e irrelevante en un inmenso universo. Como bien dijo el Sr Gelatina, uno se ubica en el mundo. Y aunque no creo que por solo ser algo diminuto en comparación con lo gigantesco que es el universo, mi vida y mis cosas dejen de tener importancia… si ayuda tener un poco de perspectiva y entender que al final, nada es tan grande como parece.

Y mientras pensaba en lo chiquita que soy, al mismo tiempo tenía que concentrarme en algo más chiquito pero que podía dañar el paseo en medio segundo: la nieve. Resulta que yo solo había visto la nieve una vez hace ya muchos años. Y entonces, pude ver un NY distinto. Uno muy frío, donde caerse es un riesgo permanente - para felicidad mía y crédito de las botas de Mariana y los consejos de Pollo, no me caí ni una vez – y donde todo se veía más bonito gracias a la nieve.



Estoy segura que si viviera en un lugar donde la nieve es algo que pasa todos los inviernos, llegaría el punto en que dejaría de ser tan emocionante. Donde los barriales que se arman en las calles, me molestarían y probablemente no aburriría al que va conmigo porque cada 3 metros digo “es que es muuuuuy bonito”, al ver esos paisajes de película.

Sin embargo, incluso si eso llega a pasar, nunca dejaré de recordar el momento más feliz del paseo. Y aunque suene extraño, fue el único momento en que no estuve con el Sr Gelatina. Una tarde nos separamos para que él fuera a ver un musical y yo me encontrara con unas amigas. Cuando estaba regresando para verlo, subí las escaleras del metro, miré hacia arriba y de repente la vi: nieve. Estaba nevando. Resulta que yo había visto la nieve pero nunca había visto nevar.

Fue un momento profundamente personal, uno para mí donde todo fue perfecto. La canción que en ese momento sonaba en mi iPod, la sensación de la nieve cayendo en mi cara, la calle lentamente cubriéndose de blanco y ante todo, la profunda felicidad de saber que en ese instante todo estaba perfecto en mi vida. Caminé sonriendo, tomé fotos y me permití tener ese momento solo para mí.

Llegué al hotel, dejé mis cosas y bajé de nuevo a la calle para seguir recordando lo fantástico que es cuando uno vive algo por primera vez. Porque al final, era eso. El tener la oportunidad de vivir algo maravilloso que nunca había vivido. Luego llamé a Adri porque finalmente, para que mi felicidad sea completa siempre es necesario compartirla con los que más quiero. Luego subí al hotel, escribí un rato y recordé que necesito escribir más, que es lo que me ha estado haciendo falta todos estos meses y que es uno de los motivos por los que siento que mi vida no es exactamente como necesito y quiero.



Al terminar de escribir, apagué las luces, me senté en el poyo de la ventana, amé que estuviéramos en un piso 25 y me dediqué a ver la nieve. La que caía en la calle, la que volaba frente a la ventana, la que cubría de blanco el estacionamiento del frente. 

Al día siguiente, nos levantamos temprano y fuimos a Central Park a caminar. A ver como ese lugar que para mí siempre ha sido fantástico porque es el punto verde de la ciudad, de repente era blanco. Vi la ciudad ser real, con la gente apurada sacando a sus perros a caminar, otros con sus cafés dirigiéndose al trabajo y disfruté ser la que era libre de ir al ritmo que quería, dejar que el Sr Gelatina tomara las 628 fotos de la misma fuente y poder simplemente ser feliz de estar donde estaba.

Pero el gran objetivo del viaje para el Sr Gelatina eran los musicales. Porque sí, él es ese heterosexual mítico que puede llegar a llorar de la emoción porque alguien canta en un escenario. Así que mientras él vio 5, yo vi 3 porque finalmente tampoco había tanto presupuesto en la vida. Juntos vimos Matilda, Book of Mormon y Kinky Boots. Y sigo sin saber cuál me gustó más, ya que cada uno en su estilo me fascinó.



Matilda era de los libros que me gustaba de niña y fue convertida en un hermosísimo musical, con una producción impresionante y un ensamble de niños a los que admiré y odié por no tener su talento. La historia es oscura, de una niña con papás que no la quieren pero que decide desafiar su realidad y cambiarla.

Just because you find that life's not fair, it
Doesn't mean that you just have to grin and bear it!
If you always take it on the chin and wear it
You might as well be saying
You think that it's ok
And that's not right!
And if it's not right!
You have to put it right!

But nobody else it gonna put it right for me!
Nobody but me is going to change my story!
Sometimes you have to be a little bit naughty!

Y luego estuvo Book of Mormon, de los creadores de South Park y el ejemplo perfecto de cómo ser completamente políticamente incorrecto. La agarran contra todos: cristianos, católicos, judíos, negros, blancos y por supuesto, mormones. Con todo y lo satírica que es… al final tiene una historia hermosa de aceptar al otro, de hacer amigos y de ver el valor en el otro. Eso sí, mientras Matilda me hizo llorar de la emoción con su lucha por tener la vida que quería… los Mormones me hicieron llorar de la risa con cada una de sus líneas negras y ácidas.

El recorrido musical terminó con Kinky Boots, una película que el Sr Geltina me había promocionado como si realmente recibiera regalías por ella. La historia es de un joven inglés que hereda la fábrica de zapatos de su papá y descubre que está totalmente quebrada. Por muchas vueltas de la vida, la única forma de rescatarla es hacer botas para travestis. Lo que más me gustó de la obra es que es el equivalente a un comercial de Dove donde promueven la belleza real. Todos los que actúan eran personas reales, con cuerpos reales solo que con voces increíbles y con capacidad profesional para bailar. La historia termina siendo sobre la importancia de aceptar lo que somos y lo que los otros son, como herramienta para el éxito en la vida y ser felices.

We would like to leave you with the Brice and Simon secret to success:
Alright, now we’ve all heard of the 12 step program, have we not?
Yes, but what you can do in 12, I want you to know that we all can do in 6 now, and it goes like this:
One: Pursue the truth
Two: Learn something new
Three: Accept yourself and you´ll accept others too!
Four: Let love shine
Five: Let pride be your guide
Six: Change the world when you change your mind!
Just be. Who you wanna be.
Never let them tell you who you oughta be.

Al final, creo que los musicales me llegaron tanto al corazón porque todos se conectaron profundamente con la idea del viaje. Era hora de atreverme a hacer algo diferente, a ser espontánea. A vivir la vida como la quiero vivir y ver que cuando decido hacerlo, las cosas fluyen, encajan y todo es posible. 



martes, 7 de enero de 2014

You can't have the cake and eat it too

Empecé este año sintiéndome identificada con la frase del título. Para el que no entienda aquí está el wikipediazo del tema y al que le de pereza abrir el link le cuento que resume la idea de que no se puede tener todo en la vida. No puedes tener un pastel que ya te comiste. 



Y yo siento que este año lo quiero todo. El pastel, comérmelo, dejarlo en la mesa, tenerlo solo para mí, regalarlo, compartirlos, tirarlo, partirlo, dejarlo entero, etc. 

I would like to be here, I would like
To be there,
I would like to everywhere at once.

Quiero irme a San Francisco con el Sr Gelatina pero quiero explorar mi película francesa a ver si por fin sabemos qué pasa. Y también quiero irme de vacaciones a algún lugar lejano para ver si logro desconectarme. Y de paso si puedo visitar a Pollo en París. Y ya entrados en lo que quiero, pues también darme una pasada por Escocia para la boda de mi primo. Y por supuesto, la ida en época no-navideña a Colombia a ver si logro acordarme de cómo es Bogotá sin dramas familiares por cuenta de Papá Noel. 

Pero resulta que yo no tengo meses y meses de vacaciones ni un presupuesto infinito. Mi realidad es mucho más austera que mis sueños.

Y también esta el tema de querer hacer mis sueños realidad, vivir la vida que quiero. Y en ese sentido no sé si eso pueda combinarse con los 1000 viajes que quiero hacer. Quiero hablar las cosas, pero quiero que se estabilicen mis finanzas. 

I want to be young, and I want to be
Old.
I would like to be wise before my time
And yet be foolish and brash and bold.

Quiero explorar la oportunidad que nos dimos con el Sr Gelatina pero no quiero ilusionarme de un futuro que no va a pasar. Y no quiero dejar de luchar por mis sueños pero tampoco me quiero cerrar a las posibilidades que se vayan creando. 

Quiero cambios pero quiero explorar quedarme quieta. Y me siento un poco esquizofrénica por querer cosas tan contradictorias pero tal vez es lo que pasa cuando uno descubre que el amor y el camino de la vida van por caminos distintos. 

Cuando hice el ejercicio de pensar qué es lo que realmente quiero me di cuenta que quería amar. Por primera vez en mi vida estuve dispuesta a poner al amor, a mi corazón de primeras. Ya encontraría las formas de vivir las cosas que no me hacen tan feliz. Pero no se puede, al menos no a largo plazo. Somos un presente pero no tenemos un futuro. Entonces tengo que luchar por mí futuro, hacer mi vida, trabajar para lograr los otros sueños que tengo y por lo otro que también he entendido que quiero y necesito. 

Todo con la esperanza de no convertirme en el camino en una esquizofrénica de tiempo completo. 

  
I am lusting for more. Should I settle 
For less?
I ask you, what's a good thing for, if 
Not for taking it to excess?
One limitation I dearly regret,
There's only one of me I've ever met.


sábado, 17 de agosto de 2013

Atreverse a aceptar la felicidad o el drama de tener una monja interior

"Yo lo que creo es que a ti te da miedo aceptar que eres feliz en algo que no es en lo que el mundo nos enseñó que era lo normal". 

Así, en una frase, Adri logró desenredar mi cabeza. Y es que esa es la verdad. Yo solita me pongo la presión de ¿cómo es que puedo ser feliz en algo que no cabe dentro de la norma? ¿cómo es que me importan más ciertas cosas que otras que en teoría son las importantes? ¿por qué no me jode más la cabeza que él no sea mi novio? 

Una y otra vez sale la realidad. Y la realidad es que yo soy feliz. Muy feliz. Y sí, el personaje en cuestión no es mi novio. No estamos en una relación formal, definida y definible con un término que salga en el diccionario. No caminamos hacia un lugar donde hay una casa, un par de niños –María José y José María diría el Ex–, un golden retriever y una mamivan. De hecho, hay días donde incluso cuestiono si estamos caminando. 

El problema es que yo siempre fui la más liberal entre mis amigos, fui la que se pintó el pelo de colores a los 17 y que desde niña quería irse YA de la casa para ver ese mundo que hay ahí afuera... Y a mis 31 años vengo a descubrir, que resulta que tengo una monja metida entre la cabeza. Y esa monja, se estresa y angustia de que a mí no me estrese y no me angustie que no somos exclusivos. La maldita monja es tan poderosa, que logra hacerme sentir mal, por no sentirme mal. 




Para fortuna mía, tengo una mejor amiga, que en vez de darle voz a la monja, me hace ver que desde hace tiempo soy muy feliz. Que más allá de los términos, yo me siento acompañada, me siento aceptada, valorada y comprendida. Me siento retada intelectualmente y me siento querida. Que me divierto infinitamente y que no tengo problema de tener mis espacios donde él no cabe. 

Claro, hay una parte que a veces duda qué tan especial soy para él y cómo se cuenta él mismo nuestra historia, pero resulta que también me han hecho ver... que eso va a pasar en cualquier relación que tenga. Incluso si es exclusiva y bien normalita. Todo el mundo en algún momento cuestiona las cosas y se pregunta cómo las ve el otro. 

Lo que es cierto, lo que yo sé... es que la que ha armado dramas soy yo y el que se ha quedado cerca, es él. La que ha contemplado mandarlo a la mierda soy yo y él que me ha dicho que no quiere eso, es él. 

Entonces, lo que necesito es aceptar que soy feliz, muy feliz, en algo que no importa nunca haya contemplado como posible en el mundo de limitadas opciones en el que crecí.


sábado, 22 de septiembre de 2012

Nueva York, Toronto y por qué terminé caminando a 356 metros

La cosa era que yo no quería pasar mi cumpleaños en el DF. Me daba susto encontrarme con algunos recuerdos que no quería y terminar triste el día que celebraría mis 30. Entonces un día, como a mediados de marzo se me ocurrió que podría visitar a Pollo, mi mejor amigo, en Toronto donde vive desde hace 5 años. Le escribí emocionada y a él le encantó la idea.

Pero pronto empezamos a ver que no era tan fácil, él no estaba seguro de estar por esos días en Canadá y la visa parecía tardarse muchísimo. Además, el avión estaba carísimo. Así que una tarde recibí un correo de Pollo donde me proponía cambiar la huída de cumpleaños, por unas vacaciones en septiembre “donde además de que verás el inicio del otoño, podrás ir al TIFF”. TIFF siendo el Toronto International Film Festival. Y ahí cambiaron los planes.

Pasé los siguientes meses organizando las cosas, ahorrando más y soñando con lo que vería. Decidí parar 3 días en NY y luego ir 10 más a Toronto. Y aunque los meses se me hicieron eternos, por fin pude irme a mis vacaciones.

El Highlight de NY es el High Line.

De NY no hay mucho que contar. Llegué absolutamente adormilada tras el vuelo de 12 a 6 a.m., durar 2 horas haciendo migración y otras 2 llegando a mi hostal. Gracias al patrocinio de mi papá pude quedarme en Chelsea lo cual fue la mejor opción ya que estaba cerca de todo. Lo malo es que mientras 50 dólares en cualquier parte del mundo te dan una muy buena habitación, baño y una bonita vista, en NY te dan un cuarto diminuto, compartido con un francés que jamás superó el hecho de que le tocara dormir en el mismo cuarto que a una mujer – según me dijo, le incomodaba muchísimo llegar y ver mis pequeños zapatos… vayan ustedes a saber por qué – y un baño compartido con el resto del piso.

Además de lo memorable que fue perderme en el metro dado mi cansancio (tomé dos veces seguidas el metro equivocado), los highlights del paseo fueron la visita al memorial del 11 de septiembre (impresionante), la mañana donde mientras esperaba a un amigo me di el espacio de sentarme bajo el sol en Washington Square, poner mis pies en el agua y simplemente relajarme mientras leía. Y el High Line.

The High Line es un parque nuevo en NY, lo cual no tendría mucho de interesante a no ser porque está construido en lo que fue una carrilera de tren sobre las calles neoyorquinas. La línea del tren fue construida en los 30, para que el aparato dejara de matar gente. Aparentemente cuando estaba sobre las calles, las personas no entendían que el aparato era peligroso y terminaban atropelladas.

La primera iniciativa fue contratar a un tipo que iba a caballo adelante del tren gritando que pilas, que se quiten, que viene el tren, pero como que no funcionó y entonces decidieron subir el tren encima de las calles y así evitar tanta desgracia. La idea funcionó hasta los 80 cuando el tren dejó de correr y dejaron la línea abandonada. Los años pasaron y en el 99 un grupo de personas se unió para evitar que demolieran la estructura convirtiéndola en un parque público que mide 1.6 kilómetros de largo.  



Entonces uno va y es un parque muy extraño por lo angosto, en la mitad están las antiguas vías del tren y a los lados un bonito jardín que es cuidado por jardineros con sombreros de paja como en las películas. Cuando fui había una exposición de arte por lo que en algunas partes había esculturas escondidas entre las plantas y hasta una instalación de audio en una de las bancas, la cual para ser sincera me pareció un poco simple ya que es la voz del artista leyendo dos listas de animales: buenos y malos. Uno se sienta y oye al tipo: Good animals: dolphin, cat, lion, bird, etc.  

Después de recorrer el parque, visitar el MOMA, comer delicioso en Brooklyn y recordar por qué es que me gusta tanto NY, me fui a Toronto.

De porqué creo que Toronto es como un gran aeropuerto.

La verdad es que Toronto me pareció una ciudad extraña. Varios residentes me comentaron que representa un reto para los turistas en la medida en que no tiene realmente grandes atractivos. No hay grandes parques ni plazas, no hay museos realmente importantes (aunque hay uno dedicado exclusivamente a los zapatos y su historia que estoy segura que a más de una de mis lectoras le fascinaría) y en un principio parecería que no hay mucho que ver.

Pero una vez uno se quita de la cabeza la necesidad de ver los landmarks… aparece una ciudad increíblemente interesante, llena de calles maravillosas, restaurantes deliciosos y ante todo, una multiculturalidad que no deja de sorprender. En mi opinión, la mayor gracia de Toronto es esa. Que es una ciudad donde uno puede encontrar cualquier pedazo del mundo.

Ese siempre había sido mi argumento a favor de NY, pero siento que Toronto le gana, básicamente porque mientras en NY viven personas de todas partes del mundo, también hay una grandísima población gringa. En Toronto en cambio, casi que no hay canadienses. Una estadística que encontré dice que uno de cada 3 residentes es extranjero. Eso significa que en cualquier parte que uno esté se oyen idiomas conocidos y desconocidos, se ven todos los tipos de vestimenta (de burkas a hombres en mini falda) y tuve permanentemente esa sensación que me dan los aeropuertos grandes de que la probabilidad de estar a punto de conocer algo absolutamente impensable es altísima.



En términos generales mis grandes actividades en Toronto fueron caminar, ir a las cataratas del Niágara, ver cuanta película pude y darme una vueltita a 356 metros de altura.

Las cataratas o el pueblo más feo

Cuando llegué a Toronto, Pollo tuvo a bien advertirme que él estaba feliz de que yo lo visitara pero que por ningún motivo me acompañaba a la CN Tower (seguir leyendo para detalles al respecto) ni a las cataratas del Niágara. Yo le dije que fresco, que yo hago lo mismo con los que vienen al DF, yo ya no visito Teotihuacán ni aunque me paguen. Así que un buen lunes me fui acompañada de mi libro y mi iPod a conocer las cataratas.

Yo asumí que dado que este es uno de los lugares más turísticos del país habría buses cada 10 minutos, pero no, sale uno cada hora y cuando uno llega, el amigo de información no pudo explicarme cuál era el bus que me llevaba directamente a las cataratas, por lo que terminé como idiota esperando por 25 minutos por un bus que cuando finalmente apareció, resultó que costaba 7 dólares en vez de 3 y que tenía que pagar en efectivo. Como no los tenía, decidí que mejor me iba a pie siguiendo la recomendación de Pollo.

Tras una muy agradable caminata llegué a las cataratas, las cuales son tan hermosas como uno se imagina. Tomé el barquito que lo lleva a uno a conocerlas y fui muy feliz viendo el agua caer. Y en media hora se acabó el cuento. Pero yo tenía hambre así que decidí comer algo por ahí.



Resulta que el pueblo donde están las cataratas es (o era, ya no me acuerdo) una reserva indígena, por lo que la mayoría de los negocios los manejan ellos. Y debo decir que tienen una extraña idea de lo que atrae al turismo. Pero es lo mismo que se puede decir de Agra, donde está el Tah Majal o de todos los puntos híper turísticos del planeta. Viven convencidos que los turistas son multimillonarios de mal gusto.

En el caso del Niágara, esto significa una cantidad de casinos, almacenes con souvenirs carísimos, casas de miedo, casas de la risa y lugares donde pretendían cobrarme 35 dólares por jugar laser-tag (como si fueran los 90) o por sentarme en la silla más alta del mundo (en la tienda de Guiness Records). Terminé comiendo en el Hard Rock Café porque ya entrada en mood turístico, había que aprovechar. Además, al menos la comida estaba buena cosa que no era tan obvia en el resto de los restaurantes temáticos que vi.



El TIFF y como no vi ninguna celebridad in the wild.

Siendo muy honesta creo que de no haber sido por el TIFF, 10 días en Toronto hubieran sido muchos y a lo mejor hubiera terminado yendo a otras ciudades cercanas. Pero el cine me consumió. Mi idea del paraíso ahora involucra la posibilidad de ver al menos 1 o dos veces al día buenas películas con sesión de preguntas y respuestas. Y eso es el TIFF.

No voy a llenarlos con las reseñas de todas las películas que vi (aunque podría) pero si voy a decir que el top 3 fue:
  •       No, dirigida por René Saavedra y protagonizada por el tan bonito Gael García Bernal, sobre el interior de la campaña de marketing político en el referendo del 88 en contra de Pinochet. La peli esta filmada con cámaras viejas, lo que hace que se vea vieja y uno realmente sienta que es un documental de la época. Además de mostrar los spots originales, actúan algunos de los que en su momento fueron parte de la campaña. Al finalizar la sesión de preguntas y respuestas con el productor, el tipo quiso hacer un homenaje a todos los que murieron o desaparecieron en la dictadura ya que era 11 de septiembre, aniversario del golpe de estado. Cuando dijo esto el teatro se quedó en silencio y de repente oímos a alguien sollozar, era un viejito chileno llorandThe 
  •      The Deep, dirigida por Baltasar Kormákur de Islandia, cuenta la historia real de un naufragio y uno de sus sobrevivientes. Tiene algunas de las tomas más hermosas que he visto en mi vida y aunque me dejó con la tarea de ir a Islandia algún día, también me generó la certeza de que si voy, no me subo a un barco por ningún motivo. 
  •     Aquí hubo un triple empate entre Capital de Costa-Gavras sobre el sistema bancario; Lore de Cate Shortland, candidata por Australia al Oscar para las películas extranjeras y que cuenta la historia de la hija de un par de nazis al final de la segunda guerra mundial; y Jayne Mansfield's Car dirigida por Billy Bob Thorton a quién pude conocer (hasta le recomendé un libro en los 15 segundos que se tardó una señora en tomarme una foto con él) y que muestra el choque cultural entre una familia de Alabama y una inglesa en los 60. Absolutamente maravillosa y la última escena le da a uno la vuelta a la historia y lo deja con el corazón arrugado.


Para el TIFF la ciudad se llena de gente, por todas partes hay voluntarios con camisetas naranjas que se pasan el día recibiendo boletos de entrada y dando instrucciones a turistas confundidos sobre cómo llegar a su siguiente película. Porque aunque hay muchas cosas maravillosas en Toronto, debo decir que fue una ciudad que retó mis capacidades de ubicación.

No sé si es una cosa del primer mundo, de Canadá o simplemente de Toronto, pero todo el mundo parece estar perfectamente ubicado geográficamente. Todo el mundo sabe dónde está el noroeste, le dicen a uno que tome la línea hacia el sur en el metro y luego le piden a uno encontrarse en la esquina suroriental. Y por todo el mundo, me refiero a colombianos como yo que en teoría tienen las mismas bases educacionales, pero que o siempre han sido más inteligentes y ubicados que yo, o que en su vivencia en Toronto aprendieron a saber donde están parados.

Yo jamás, en ningún momento de la vida, le he dicho a nadie que se dirija al este por tal calle o que nos veamos en el café que queda en la esquina noroccidental del metro. Por tanto, pasé muchas más horas de las que hubiera querido viendo los mapas con cara de confusión, para eventualmente decidir que ya sabía para qué lado debía caminar, avanzar una cuadra y descubrir que claramente, iba para el lado que no era. Tal vez tantos años en el tercer mundo me han dañado para siempre, o tal vez heredé conocida desubicación de mi mamá.



Probablemente fue por estar mirando mapas que jamás vi a las tantas celebridades que estaban en la ciudad por esos días. Cada mañana en el Publimetro veía como a unas pocas cuadras de donde yo había estado el día anterior había estado Bill Murray, Halle Berry, Tom Hanks y otros más. Yo al único que vi fui a Billy Bob Thorton, pero ese no cuenta tanto ya que fui a ver su película. El resto, los que caminaban por ahí, jamás los vi.

Venciendo mis miedos.

Prometo que esta es la última parte de la crónica. Sé que esta larga, pero fueron muchos días y muchas cosas.

Un buen día mientras dejaba de trabajar para soñar con mis vacaciones, encontré algo que se llama Edge Walk. Básicamente es un recorrido por una plataforma afuera de la CN Tower, la torre más alta de Toronto. Una pequeña caminata a 356 metros de altura. Al aire libre. Sin medio vidrio que prevenga que uno se vaya de bruces.

Aquí debo aceptar que efectivamente a lo mejor yo soy masoquista. Ya había pensado en eso cuando estuve en Xilitla, muerta de susto y feliz al mismo tiempo, en las torres del castillo surrealista. Ahora lo comprobé. Yo le tengo miedo a las alturas. No es un miedo que me paralice, porque finalmente me trepo al castillo y a las pirámides. Pero no soy capaz de mirar hacia abajo y todo el tiempo estoy muerta del susto.

Corrijo. No ERA capaz de mirar hacia abajo. Porque eso fue lo que hice. A 356 metros de altura. (voy a decirlo más veces porque sigo sin creer que fui capaz de hacerlo). Para que se hagan una idea del miedo que yo tenía, desde que vi la página de Edge Walk, tuve pesadillas con el tema. La posibilidad de hacerlo me daba pánico. Pero yo quería.



Y lo hice. Junto con otros 3 locos. Un inglés que vive en Ottawa, un alemán bastante atractivo y que estaba igualmente muerto del susto y una canadiense de Montreal a quién admiré y odié al mismo tiempo ya que era la única que no parecía estar cagada del susto mientras caminábamos a 356 metros. Finalmente la señora me aceptó que ella también le tenía pánico a las alturas hasta que hace 15 años empezó a escalar para vencer el miedo. Y que aunque no estaba asustada, si tenía mariposas de la emoción de estar tan arriba.

Para hacer el recorrido le ponen a uno un traje rojo espantoso, se aseguran que uno no tenga nada que se le pueda caer y matar a alguien (desde el celular hasta las hebillas del pelo), le dan a uno tennis si no tiene zapatos con buena tracción (obvio mi caso que iba en sandalias) y le ponen un arnés al que le amarran dos cuerdas de seguridad para estar doblemente seguros de que uno no se les va a caer.

Nos tocó una guía súper amable y entusiasta que antes de salir nos explicó que haríamos distintas actividades uno por uno, y que mientras uno estaba haciendo algo, los otros debían animarlo y aplaudirle. La amargada en mí pensó que qué pereza y que obvio yo no iba a hacerlo. Pero una vez estuvimos afuera y empezamos a compartir la experiencia, a sentir el miedo y la ansiedad, la cosa se convirtió en una experiencia de grupo, donde todos nos animamos mutuamente. Para el final del recorrido esta gente era mi mejor amiga en el mundo y nos despedimos con abrazos espichados como si nos conociéramos de toda la vida.



Yo debo decir que fui la más gallina del grupo. Y tengo un video que lo prueba. Me aferré a la cuerda como si eso sirviera de algo y todo el tiempo mi estómago estuvo hecho un nudo. La guía nos puso a hacer cosas como caminar de espaldas, llegar hasta el borde y echarnos para atrás y luego hacer lo mismo pero de frente. Fue una experiencia increíblemente emocional y muy interesante al ver cómo el cerebro se parte en dos: la voz que dice que estás segura, que duraron 20 minutos explicándote cómo el arnés no va a dejar que te caigas, como nadie se ha matado haciendo esto… y tu instinto animal que grita que te devuelvas, que estás loca, que te vas a caer.

Lo hice porque creo que es importante vencer los miedos, porque sabía que sería una experiencia única en mi vida… y porque claramente estoy loca. Disfruté y odié cada segundo de los 35 minutos que duró la caminata. Al final logré estar más tranquila y soltar la cuerda. Eso sí nunca dejé de sentir ansiedad.

Y muy pronto la cosa terminó. Bajamos, devolvimos la ropa y los zapatos y nos dijeron que las fotos, video y certificado de que uno hizo lo que hizo, se tardaban entre 15 y 20 minutos. Pero eran las 10:55 y yo tenía película a las 11:30, así que con la promesa de que podía volver al día siguiente por mis cosas, salí corriendo al otro lado de la ciudad. Corrí hasta el metro, me estresé porque iba despacio, me bajé, corrí a un café, compré corriendo un restaurante y luego corrí al cine.

Finalmente llegué, sudada y cansada, me senté y suspiré. La señora que estaba a mi lado me vio y con una sonrisa me recordó que había llegado a tiempo, que ya podía respirar. Le expliqué que venía desde CN Tower y antes de que ella dijera algo más le conté lo que acababa de hacer. De repente me di cuenta que no me había dado la oportunidad de procesar la experiencia que había tenido. La señora me oyó, me dijo que era muy valiente y que ella no podría hacerlo. Luego las luces se apagaron, hicieron la presentación de la película y después pasaron los cortos del TIFF. Siempre eran los mismos, comerciales de los patrocinadores y al final, uno de agradecimiento a los voluntarios que es momento cuando todos los asistentes aplauden. Yo ya lo había hecho varias veces. Pero esta vez fue diferente. De repente me encontré gritando emocionada, aplaudiendo más fuerte de lo que jamás había hecho en mi vida y a punto de pararme a ovacionarlos.

Claramente la adrenalina del Edge Walk no se quedó a los 356 metros de altura.