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jueves, 16 de mayo de 2013

Bicho raro

Estas últimas semanas, he ido a comer muy seguido con dos amigos del trabajo. De esos que cuando yo quiero describir cómo son los mexicanos me sirven de modelo mental. Buenos, amables, caballerosos, con un sentido del humor distinto al mío y con una visión del mundo exactamente opuesta a la mía. 

Y entonces he recordado que muchas veces yo paso por bicho raro en este mundo. He tenido que responder una y otra vez las mismas preguntas "¿pero por qué no quieres tener hijos?", "¿no dejas que los hombres te inviten a todo cuando sales con ellos????", "¿cómo así que para ti es suficiente con irte a vivir con alguien, por qué no quieres una ceremonia?", "¿por qué no quieres comprar un departamento?", "¿por qué saldrías con alguien que no quiere casarse?"

Y así. Por horas. Y es cierto. Yo no necesito una ceremonia para sentir que estoy comprometida con alguien, sigo sin saber si quiero tener hijos pero tengo muy claro que si no pasa, yo no me voy a morir frustrada. Y no. No quiero un departamento. No es una prioridad para mí. Y odio que me inviten a todo solo por el hecho de ser mujer y estar en proceso de cortejo. Mis ovarios no son motivo suficiente para que paguen todo por mí. Yo tengo un salario. Ah! y puedo estar en relaciones extrañas, amorfas y sin definición en la medida en que me sienta cómoda y contenta. Punto. 

Claramente hay días en donde me estreso porque yo no tengo en dónde caerme muerta. Esos días usualmente pasan cuando me relaciono con mi mundo colombiano, ese que ya anda tan casado, tan con casa propia y todas esas cosas que yo no tengo. Porque al final, mis posesiones se limitan a un refrigerador que compré usado, un microondas que también compré usado, una laptop que realmente no funciona, un sofá-cama lleno de pelos de Ginebra y una cama que anoche se rompió y me mostró que lo malo de ser independiente es que las camas se rompen cuando uno esta solo, sin hacer nada divertido y por tanto, le toca a uno volver a armarla estando solo para dormirse sin hacer nada divertido antes. 

El tema es que esas son las cosas que menos me importan. Mis verdaderas posesiones son Ginebra, mis libros, las fotos de Pollo que decoran este depa, el reloj de mi abuelo, un escritorio en Guasca que probablemente nunca usaré en mi vida... 

Al final, luego de semanas de interrogatorios, he podido concluir que yo vivo muy contenta con mi vida. Sé que tengo prioridades distintas a las de la mayoría, pero siento que tengo lo que realmente quiero. Yo prefiero no tener donde caerme muerta y no ser parte del mercado inmobiliario pero haber hecho los viajes que he hecho. Haber tomado los cursos que he tomado. Vivir por fuera. Mi libertad de hacer lo que quiero como quiero, sin la red de seguridad (siendo la palabra clave RED) que representa tener a la familia y a los amigos cerca. 

En vez de gastarme la plata pagando cuotas para un departamento, yo me la gasto en mi taller de escritura, yéndome a Toronto a visitar a Pollo y a ver películas de 25 dólares, en viajes express a Chicago solo porque sí, tirándome de paracaídas (mi regalo de cumpleaños para mi misma de este año), comiendo rico con mis amigos los fines de semana y en cuanta cosa se me ha ocurrido. 

En 5 años probablemente seguiré sin tener el departamento, pero quiero pensar que tendré mi novela lista (y si no, al menos habré hecho el intenso ejercicio de haber escrito), habré caminado a 356 metros de altura,  tendré la foto desnuda de Tunick, habré enfrentado el miedo de pararme frente al mundo y contar mis historias de la forma más graciosa que puedo, habré viajado, conocido países, hecho amigos increíbles que están conmigo sin importar la distancia y se convirtieron en mi familia, la otra familia seguirá siendo el apoyo que siempre necesito y ante todo, tendré la enorme tranquilidad y felicidad de saber que he vivido mi vida como quiero, así la forma no siempre sea la que el mundo espera. 




viernes, 7 de diciembre de 2012

Mínimo común denominador

Ok, vamos por pasos. Esta no es una entrada sobre matemáticas, porque para empezar no sé sumar. Mucho menos escribir sobre matemáticas. 

Ahora... esta tiene que ser la entrada más patética que haya escrito. La más reveladora, y miren que este año escribí sobre desnudarme en público y lo que uso cuando me llega la regla.

Ya en varias ocasiones he aceptado que mi verdadero talento en la vida es el cyberstalkeo. Estoy segura de que algún día esto será un trabajo y entonces yo me ganaré millones. Seré la detective privada del futuro. Y sí... es un poco patético andar averiguando la vida de gente que ya no esta con uno. Pero quiero que alguien me diga que jamás lo ha hecho. Para rematar, yo de tanto en tanto me encuentro cyberstalkeando a las nuevas chicas de mis ex's. 

Y de eso es que se trata esta entrada. 

Resulta que ayer descubrí que la ex de un ex, es conocida de Gabidearest . Se siguen en Twitter y por Instagram. El ex en común fue un tipo con el que yo salí hace muchos años, que no fue nada memorable en mi historia personal y del que jamás llegué a enamorarme. Por la época en que terminamos, el tipo empezó a salir con la niña y yo a verle su Facebook (era la época antes de Twitter). Entonces ayer la reconocí cuando algo le comentó a Gabidearest (ya sé... soy una psicópata). 

Aparentemente la niña es bastante chévere, "buena papa" en las palabras de Gabidearest. Al volver a ver sus fotos en Facebook (gente aprendan... cierren sus perfiles si no quieren que alguien como yo termine enterándose de en dónde pasaron sus vacaciones y que el fin de semana pasado fueron a cine) pensé que efectivamente esta niña y yo tenemos cosas en común. Toma fotos que a mí me gustan, ha viajado a lugares donde yo he estado y pone cosas que me interesan. Al menos por lo que se ve, podríamos ser amigas. 

Y entonces me puse a pensar cómo es que esta niña y yo, tenemos de común denominador a un tipo con el que yo jamás me conecté del todo y con el que en realidad salí porque estaba sufriendo del mal de vereda. 

La cosa me genera curiosidad especialmente porque en mi rampante patetismo el otro día descubrí el Twitter de la chica del Ex. Ese al que amé con todo mi corazón, que me tomó años de terapia superar, con el que casi no terminamos de terminar... Ese que durante tantos años fue el hombre al que más había amado en mi vida. Y ese Ex esta con una vieja que es totalmente opuesta a mí. De la que nunca sería amiga y que en realidad ya me cae mal por todo lo que dice. Al menos en Twitter la niña es una hater intensa, que pelea contra el mundo y que básicamente está en contra de todo lo que yo estoy a favor. 

Ahora... es cierto que ese Ex era absolutamente distinto a mí. Y que en realidad estaba en contra de todo lo que yo estoy a favor. Teníamos visiones opuestas del mundo. Siempre pensé que él necesitaba una niña como con la que está. De pelo perfecto, aretico de perla y que vaya a misa con él. Pero no deja de sorprenderme que a ella y a mí nos una algo. Y que ese algo sea algo que fue tan importante como el Ex. 

Es cierto que han pasado muchos años desde que yo me enamoré de este hombre. Que yo era distinta. Pero jamás fui como ella. Jamás hubiera escrito lo que ella twittea. Jamás lo habría pensado. Y eso lo sabía el Ex. Finalmente la mayoría de las peleas eran por eso. 

Tal vez la cosa es que yo he cambiado mucho más de lo que pude imaginar. Tal vez es que él se ha radicalizado aún más y necesita a alguien mucho más radical. O tal vez es que solo alguien muy radical puede estar con él. 

Lo que sí es que no deja de sorprenderme que entre esa mujer y yo, haya tanto en común. 







jueves, 8 de noviembre de 2012

De por qué se me ocurrió que era una buena idea desnudarme frente a 150 personas

Dice mi amiga Gabidearest que a veces sería más fácil que yo metiera drogas. El domingo pasado en un momento pensé que tal vez tiene razón. Al menos las drogas podría consumirlas en una casa, protegida de la lluvia, con gente de confianza a mi alrededor y… vestida.

Pero por muchos motivos y una larga historia familiar desde que era una adolescente tomé la decisión de no consumir drogas y no lo hago. Así que busco otras formas de provocarme emociones fuertes. Otras formas de enfrentar mis miedos y medir mis límites.

Y qué mejor forma de hacer eso que desnudándome en público.

Ahora. Una cosa es enfrentar los miedos y otra terminar arrestada por exhibicionismo. Y yo podré ser muy valiente pero por un lado las cárceles mexicanas me aterrorizan y por el otro, no tengo tanta personalidad como para empelotarme en frente de la gente porque sí.

Así que la ocasión fue una sesión de fotos de Spencer Tunick, ese fotógrafo que se ha hecho famoso por sus imágenes de miles de personas desnudas en lugares públicos. Desde que empezó en el 92 eso es lo que le gusta al tipo.  Aparentemente en 1994 posó y fotografió a 28 personas desnudas frente a la ONU en Nueva York y ahí fue cuando vio lo poderoso que pueden ser esta especie de instalaciones artísticas momentáneas donde la gente se quita la ropa para la foto.

En una entrevista Tunick dijo que le gusta como cuando tantos individuos se desnudan al tiempo hay una reconfiguración individual de lo que es la desnudez y lo que es la privacidad. Y eso es efectivamente lo que pasa. De repente todo se transforma y uno empieza a ver las cosas de forma distinta.

Pero vamos a cómo fue el cuento. Y cómo además de ser una experiencia maravillosa en términos de cómo me relaciono con mi cuerpo, fue una lucha casi que innecesaria contra la naturaleza que terminó conmigo a punto de la hipotermia.

Hace unas semanas mi amigo Barragán me preguntó si iría a lo de Tunick. Dos minutos después yo ya estaba registrándome en una página para el festival La Calaca en San Miguel de Allende, el primer pueblo que conocí en México y que queda a unas 5 horas del DF. Aparentemente en esta ocasión el fotógrafo quería hacer algo relacionado al día de muertos y tenía un cupo limitado para los que quisieran posar. Sin importar que el evento fuera en domingo y yo al día siguiente tuviera que trabajar me registré y esperanzada esperé el mail donde me dijeran que había sido aceptada. Unos días más tarde el correo llegó y con Barragán organizamos el viaje.
El sábado salimos del DF, paramos a comer en Querétaro y hacia las 6 de la tarde llegamos a San Miguel. Dado que Barragán tenía que trabajar yo decidí que saldría a dar una vuelta. Bajé los tres pisos del hotel hasta el lobby para encontrar que diluviaba. Me regresé pensando que es bastante inusual que en noviembre llueva. Y menos de esa forma. También pensé que ojalá el día siguiente amaneciera despejado porque el mail era claro: estábamos citados a las 3:30p.m. “Rain or shine”.

Mis deseos no se hicieron realidad, al día siguiente San Miguel amaneció gris y lluvioso. Un correo de la producción decía que solo había cupo para los primeros 300 que apareciéramos, razón por la cual con Barragán decidimos llegar una hora antes. Lo único que yo no iba a permitir era que después de viajar hasta allá, yo fuera la número 301 y quedara por fuera del plan.

La cita era en una cosa llamada Los Senderos que por lo que pude entender es el terreno donde planean hacer un condominio ecológico con viñedos y huertas orgánicas. Es enorme y hasta el momento lo único que tiene es un restaurante pequeño, una oficina donde me imagino entre semana le muestran a los hippies ricos donde podrían construir su casa y unos baños bonitos pero donde solo hay un inodoro por género.

Y como buen terreno ecológico que se respete, el piso no está pavimentado. Como la noche anterior había diluviado y ese día seguía lloviendo, había barro por todas partes. “Esto va a estar divertido” dijo Barragán mientras buscábamos el lugar para registrarnos. Una vez que hicimos ese proceso nos dedicamos a esperar. Y esperar. Y esperar. Como al principio solo lloviznaba nos sentamos bajo un árbol pero para cuando empezó a llover más duro nos refugiamos bajo el techo de la oficina de registro.

Unas horas más tarde algunos aparecieron con cobijas las cuales no fueron suficientes para todos, a pesar de que nunca llegamos los 300 que estaban esperando, tan solo 150. Inicialmente nos dijeron que empezaríamos a las 5 “allá arriba pasando ese árbol”. Pero gracias a la lluvia nunca llegamos a allá arriba y ante la opción de cancelar la sesión de fotos, la producción y Tunick decidieron cambiar la locación.

Ahora, yo no soy fotógrafa y en general cuando hago eventos en la oficina subcontratamos a los que se encargan del tema, pero quiero pensar que no es tan absolutamente avanzado la idea de contar con un plan b cuando uno va a hacer una sesión de fotos a la intemperie. Pero parece que para esta gente lo fue. Así que para cuando decidieron que la locación se movía empezaron a medir el nuevo terreno, a decidir dónde pondrían a la prensa que había ido a cubrir el evento (y que por una vez no me tocó atender… fue raro no estar pendiente de ellos) y dónde nos haríamos los salvajes que seguíamos dispuestos a desnudarnos en ese maldito frío y bajo esa maldita lluvia.

Vimos como los asistentes de producción desarmaron pacas de paja, para luego extenderla sobre el barro sin que pudiéramos comprender muy bien la lógica del tema. También vimos como los 3 megáfonos que llevaban no funcionaban y no podían darnos informes de lo que estaba pasando. Las horas pasaban y la lluvia subía y bajaba de intensidad. Pero nada más pasaba. Ninguna foto.

Yo trataba de no pensar mucho en lo que pasaría. Veía a la gente, los oía hablar y bloqueaba la idea de que en un rato los vería desnuda. Con más esfuerzo bloqueaba el pánico de saber que en un rato me verían desnuda. Y es que la verdad es que sí era algo que me daba mucho miedo. Unos días antes del tema, le conté el plan a un ex romance quién me preguntó si yo no tenía complejos acerca de mi cuerpo.  Claramente tengo, y muchos. Puede que hoy tenga menos que hace unos años pero eso no quiere decir que me sienta 100% cómoda con la forma que me veo. Menos estando desnuda y muchisisimo menos frente a un montón de extraños.

Finalmente y después de casi 3 horas de espera nos dijeron que estaban listos para empezar, llamaron a 30 hombres altos quiénes salieron de la oficina donde nos encontrábamos y bajaron a donde habían puesto la paja. Allí les dijeron que se desnudaran mientras el resto seguíamos esperando. Sin que hubiera mucha claridad sobre el proceso, eventualmente los hombres terminaron adelante y las mujeres nos quedamos de nuevo esperando.

La sensación en el ambiente era de nerviosísimo y alegría. Algunas hablaban del frío y lo que sería estar bajo la lluvia, otras preferían comentar la última película que habían visto y algunas como yo enmudecimos. Finalmente nos llamaron y ahí empezaron los problemas, para llegar a donde teníamos que desnudarnos teníamos que bajar por una trocha llena de barro (lodo). No había forma de escapar. Cada una intentó ensuciarse lo menos posible pero todas llegamos con los zapatos negros.

Ahí vimos a los primeros 30 hombres que ya estaban desnudos y tenían unas telas blancas transparentes con las que trataban de cubrirse. Esa primera imagen fue extraña y aunque uno no quisiera mirar era imposible no notar la absoluta desnudez de quiénes estaban a unos pocos metros de mi.

Ahí a los genios de la producción se les ocurrió que era el mejor momento para darnos las instrucciones para la foto. Por qué no lo hicieron cuando estábamos en un espacio cubierto y no había 30 idiotas empelotos es algo que jamás voy a entender. Sin que hubiera un buen traductor, Tunick procedió a explicarnos que haríamos de espíritus, de muertos, que debíamos tomar las telas y cubrir con ellas nuestro cuerpo pero que teníamos que tener mucho cuidado de no ensuciarlas en el barro. Nosotros podíamos estar sucios pero las telas no.

También añadió que esta no era una experiencia para todos, que aquel que no se sintiera bien debía salirse y que por favor nos cuidáramos los unos a los otros. Que nos fijáramos quién estaba bien y quién no. Palabras sabías para lo que sería una sesión de prácticamente una hora.

La cosa es que entre los problemas a la hora de traducir las instrucciones, la pelea de Tunick con los que no se querían salir de debajo del balcón donde guardarían nuestra ropa y ya ni sé qué más cosas, los que estábamos vestidos oyendo, tuvimos que pasar 20 minutos bajo la intensa lluvia. Yo solo pensaba en lo horrible que sería regresar a vestirme con ropa emparamada y en que por qué carajos no podíamos empezar ya a desnudarnos.

Para cuando por fin pudimos tuve ese instante de “no quiero, qué carajos estoy haciendo aquí, muero de la pena, no quiero que nadie me vea”. Pero ya no había nada que hacer así que respiré y me quité el saco. Afortunada o desafortunadamente lo siguiente que pasó fue que vi mis tennis, los cuales estaban totalmente embarrados. Fue afortunado porque entonces solo me concentré en pensar cómo podría quitarme la ropa sin embarrarla toda. Desafortunado porque no encontré una estrategia lo suficientemente buena y todo, terminó con barro.

Necesitaba quitarme los zapatos sin tocarlos pero era tal el barro que no podía hacerlo con mis pies, así que me quité la camiseta, me quedé en el brasiere, me llené de lodo las manos al quitarme los tennis y ponerlos en una bolsa plástica que por fortuna tenía. Mis medias entonces quedaron mojadas al tener que pisar el barrial, me quité los jeans que ya tampoco estaban limpios y me bajé los calzones como quién quita una curita rápido para que no duela.

Y entonces tocó quitarme el brasiere. Pero entre que mis manos estaban embarradas, que mi espalda estaba mojada y que yo estaba muy nerviosa, simplemente no podía. Cual adolescente inexperto, no podía soltarlo. De repente sentí una mano fría que lo quitó con total expertise. Roja de la pena pero profundamente agradecida, me limité a decir un “muchas gracias” sin atreverme a ver quién me había ayudado. Nunca sabré si fue hombre o mujer.

Terminé de poner mis cosas en la bolsa de papel que me dieron (si… de papel porque para la ropa mojada es la mejor opción según estas bestias), me anotaron un número en el brazo para que pudiera reclamarla y me dieron mi telita transparente.

Caminé entre personas vestidas, a medio vestir y totalmente desnudas. Intenté taparme con la tela lo mejor que pude sin que se cayera al suelo, metí la barriga como si eso sirviera de algo y me dirigí a donde sería la foto.

Y entonces fue que vi un amplio terreno donde ya había varias personas intentando elegir el mejor lugar para posar. Me concentré en no pisar el popó de vaca que había en el piso, en no caerme entre el barro, olvidarme del frío, de la lluvia y de la infinita sensación de vulnerabilidad.

Dicen los medios que la zona donde nos tomamos las fotos tenía mezquites, que según wikipedia (porque yo no sabía) son unas plantas que se dan en zonas áridas y semi áridas. La descripción dice que son “árboles que llegan a medir entre 6 y 9 metros de altura, aunque es común encontrarlos como arbustos. Tienen hojas angostas, largas con puntas suaves y ramas con espinas”. Y sí, todos vivimos las espinas.

Los asistentes de producción nos hicieron meternos entre las matas. Como si estuviéramos vestidos y con botas de jardinero, nos obligaron a hacer un lado las hojas y las espinas hasta estar entre los arbustos. Cada uno fue encontrando su espacio. Y luego volvimos a esperar. Bajo la lluvia. En el frio. Desnudos.

A lo lejos se oía una música espantosa, una especie de trance noventero al cual todos terminamos bailando para calentarnos. (Si hubiéramos estado en Colombia alguien probablemente hubiera cantado la marcha del calentamiento, pero aquí no sucedió). Pronto perdimos la timidez, empezamos a hablar y a todos se nos olvidó la desnudez.

En un intento de protegerme de la lluvia me puse la tela sobre la cabeza y los hombros. Un tipo que estaba a unos metros de mí me dice “perdóname que te diga, pero con la tela así pareces una virgen”. La carcajada fue general y le dije que yo de virgen tenía poco. “¿Entonces no eres milagrosa? Yo ya te iba a pedir que me hicieras el milagro de un jacuzzi”, ante lo cual le respondí “Si fuera a realizar milagros, empezaría con ropa seca y una chimenea para mí”.

Tras un rato más de espera, por fin empezaron las fotos. A lo lejos veíamos a Tunick quién en algunas ocasiones no encontraba la cámara que quería, porque volvemos a que los de producción son la cosa más inútil que he visto en mi vida. Debíamos tapar todo nuestro cuerpo con la tela y pegarla para que se viera la desnudez. Tras algunas fotos nos pidieron dispersarnos y cambiar de lugar. Los de atrás hacia adelante y al revés.

Caminé buscando un lugar con pocas espinas y barro y sin darme cuenta terminé en la primera fila. A mi lado una argentina me dijo que ahora sí seguro íbamos a salir en las fotos. Una parte de mí quiso salir corriendo, otra se negó a volver a meterse entre los mezquites y una más ya estaba demasiado cansada y congelada para tomar decisiones. Las poses variaron, que con los ojos cerrados, que con los brazos estirados, que con los brazos a los costados. Cada vez que tenía que reacomodar mi tela era una pequeña tortura por volver a ponerla fría y mojada sobre mi espalda.

Y ahí me quedé, en la primera fila, siendo fotografiada, quieta, con los ojos cerrados. Sentí el silencio, la lluvia sobre mi cuerpo y los clicks de la cámara. De repente me olvidé que estaba desnuda. Dejé de sentir frío.

Finalmente la sesión terminó y la ventaja de estar en la primera fila fue que fui de las primeras en llegar a donde tenían las bolsas con nuestra ropa. Me la pasaron y procedí a ponerme los jeans mojados, el brasiere mojado y la camiseta… mojada. Estaba en esas cuando me reencontré con Barragán a quién en algún punto de la sesión perdí. Él es un muy buen amigo, fue el que me llevó a la clínica el día que me caí de la bicicleta, es una buena persona. Pero no es alguien tierno, ni es alguien dulce, ni quién muestre preocupación fácilmente. Así que cuando le vi pánico en sus ojos y me agarró el brazo ordenándome que me pusiera YA el saco me asustó. Le dije que estaba mojado y que iba a ser peor. “Pues algo tienes que hacer porque tienes los labios azules. Sube ya a pedir una cobija. Me preocupas”. Y aunque yo me sentía bien, el miedo que le vi me asustó. Caminé de regreso a la oficina, mientras apretaba con mis dedos los labios para descubrir que efectivamente no los sentía. Hubiera podido hacerme un piercing y no me hubiera enterado.

Mientras yo me ponía el saco menos mojado que tenía y recibía algo que parecía té pero sabía a agua caliente, el resto de la gente sufrió para que le dieran su ropa porque el lugar donde la guardaron no tenía luz y ya eran las 6 de la tarde, razón por la cual no podía distinguir los números de las bolsas. De nuevo, un punto menos para los genios productores de esta aventura.

Me encontré con Barragán quién tuvo que quedarse en bóxers y abrigo ya que sus jeans estaban completamente emparamados. Llegamos a su carro donde yo volví a quitarme la ropa, estaba vez para poder ponerme un saco seco que él tenía y que estoy segura, me salvó de la hipotermia. El resto de la historia es bastante predecible, cuando me metí a la ducha del hotel, mi piel estaba tan sensible que no podía distinguir entre el agua caliente y la fría, las dos quemaban por igual. Me tardé en estabilizarme y necesité de una muy buena cena, tres sacos sobre mi pijama y varias cobijas para finalmente sentirme bien.

Regresamos al día siguiente a las 6 de la mañana porque yo tenía que trabajar. Mientras Barragán manejaba, yo revisé los distintos medios y con horror me encontré en muchas de las fotos publicadas en las notas sobre la sesión de Tunick. “¿Y qué esperabas si estabas en primera fila?” preguntó mi chofer con su inexistente dulzura.

No sé qué esperaba. Pero esa ha sido la parte más inesperada de la experiencia. La pena de saberme expuesta. No me importa que cualquiera que googlee sobre el tema encuentre fotos mías, porque finalmente ese cualquiera no me conoce. Pero la idea de que la gente que sí me conoce pueda verme desnuda… me hace sentir incómoda. Supongo que es parte de lo que viví. La prueba de que a pesar de todo si tengo algo de pudor. 
Sé que al escribir esto abro la puerta a que busquen esas fotos. Yo publico algunas donde NO salgo para que tengan mejor idea de la experiencia. En mi mundo ideal no me van a buscar, pero si lo hacen no me digan y si lo hacen y me encuentran y me dicen… al menos díganme que me veía muy bien.

viernes, 15 de abril de 2011

Baggage

Esta será mi última entrada desde esta casa. Por fin terminé de empacar. Me duele hasta el pelo y estoy hormonal, cansada y sensible.

Y cuando terminé de empacar vi mi vida en México en muchas cajas, bolsas negras de basura y maletas. Y de repente sentí que es cierto, que tengo muchas cosas. Pero ya hice el proceso de tirar lo innecesario. De regalar ropa, botar papeles y desprenderme de recuerdos innecesarios. Y aún así quedaron tantas cosas. Y ahora que me estoy pasando a un lugar más pequeño esta la gran pregunta de ¿cabrán mis cosas?

Pero la cosa es que no puedo dejar de ser yo. Y yo soy una persona que tiene mucha ropa, que jamás ha podido desprenderse de un libro que le haya gustado, que le gusta hacer nidito, decorar y que para sentir que un lugar es suyo, necesita adaptarlo, poner sus cosas, fotos y demás. Así que seguiré acumulando. Tal vez llegue el día en que me tenga que ir de aquí y tire todo. Tal vez llegue el día en que simplemente me canse y tire todo. Pero por ahora, quiero hacer del nuevo apartamento mi casa. Y para eso necesito mis cosas, mis fotos, mis adornos y demás elementos que me hacen sentir que ese es mi espacio.

viernes, 7 de mayo de 2010

Missing him

Por esto odio el exceso de tiempo libre. Porque la cabeza da vueltas y vueltas. Y el corazón da aún más.

Hoy por ejemplo, tuve tiempo para ver Grey's Anatomy. De ver a Christina Yang hablando de la muerte de su papá y a mi se me formó ese maldito nudo en la garganta que no se ha desecho desde que mi abuelo se murió. Levanto los ojos y veo su foto sonriendo. Y no puedo sonreir.

Es extraño... mi abuelo supo darme el espacio para conectarme con mi papá. Para que a hoy tengamos una gran relación donde estamos y somos y donde me hace feliz. Donde realmente siento su presencia en mi vida. Pero eso no hace que no deje de sentir un infinito dolor por la ausencia de ese otro papá que tuve. No es fácil explicarlo porque mucha gente cree que fue sólo la muerte de un abuelo. Pero no es así. Mi otro abuelo murió hace muchos años y aunque me duele su ausencia, nunca sentí esta pérdida. Nunca tuve este dolor, esta sensación de que el mundo dejó de ser un lugar donde quiero estar.

Los meses han pasado. Y sigue doliendo. Sigue siendo un tema que no puedo ni mencionar. Sigo sintiéndo que estoy vacía, que jamás nadie me va a querer como él me quiso a mí y que sobre todo, jamás habrá nadie que me haga sentir tan valorada, apreciada y querida.

No entiendo. Mi rutina no ha cambiado. Mi vida sigue siendola misma que antes de que él muriera. Yo ya llevaba aquí mucho tiempo. Pero mi vida se siente distinta. Mis espacios se sienten distintos. Cada tanto, en las noches me llegan recuerdos de él, cosa que antes no me pasaba. Y yo, que jamás usé reloj, ahora tengo el que él usó en mi muñeca. A veces pienso que es un poco masoquista tenerlo porque al verlo me acuerdo que él ya no está. Pero la verdad es que cuando he intentado no usarlo, me siento aún más sola, aún más desprotegida. Aún más sin él. Así que me lo dejo. Por las mañanas antes de salir cada día veo su foto sonriendo. Decidí poner la foto en que estamos juntos un poco más arriba de mi rango de visión, para que no tenga que verla obligatoriamente. Vernos juntos duele mucho. Así que prefiero ver la otra foto, esa donde mira directamente a la cámara y sonríe. Y yo puedo pensar que me sonrie a mí.

Christina dijo que llegaba el día en que al recordarlo sólo dolía un poquito. Mi mejor amiga dijo lo mismo. Yo le dije eso a mi mejor amigo. Pero hoy no veo cómo se llega a ese día.