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viernes, 13 de mayo de 2016

La tradicional lista de deseos de cumpleaños

Tras mi entrada de la semana pasada, he estado pensando mucho en qué debería escribir ahora. Han sido días buenos y muy felices. Así que creo que desde este lugar es momento de hacer mi lista de deseos de cumpleaños: 
  • La constancia de volver a escribir. Más cuentos, más historias, más entradas y muchas más páginas de Las Dos Hermanas. El valor de escribir esa otra historia que ronda en mi cabeza. 
  • Muchos más viajes. Conocer lugares nuevos. Y broncearme un poco, ya estoy transparente. 
  • Muchas muchas horas de sueño. Muchas. 
  • La capacidad de reconocer la felicidad y no tenerle miedo. Callar de una buena vez a mi monja interior que de verdad lo único que hace es joderme la vida: "y ahora que ganaste la última batalla, ¿qué vas a hacer con el terreno que conquistaste? y si ahora empezamos a joder por algo que ni nos interesa?"
  • El paseo al nevado de Toluca que sigo esperando. 
  • Que Ginebra deje de botar tanto pelo. 
  • No tener que volver en mucho, MUCHO tiempo al dentista. 
  • Cuidarme más, comer bien, estar con mis amigos que me llenan el corazón y darme los espacios para mí. Leer más. Volver a hacer yoga. Reírme mucho. 
  • Que los dueños de mi depa por fin se animen a arreglar la humedad de la sala (qué adulta soy... realmente deseo eso)
  • Más clientes que me reten y me permitan aprender mucho. 
  • Experiencias que me saquen de mi zona de confort y que me hagan sentir viva. 
  • Proyectos nuevos. 
  • Que se arreglen todos mis líos hormonales. De una buena vez. 
  • Muchas mañanas en Shakespeare. Más domingos felices, cenas inesperadas, todo el cine y el placer del desayuno en la cama. Ante todo, que sigamos siendo muy felices. 
  • Días buenos para Adri (y para todos los que quiero, obvio, pero hoy sí que lo deseo para ella)
  • La capacidad de mantener mi temperatura estable toda la noche y no andar quitándome y poniéndome cobijas todo el tiempo. 
  • Soltar. Soltar a los que me hicieron daño, a los que con sus inseguridades han entorpecido mi vida, a los que no quieren mi bienestar pero que están cerca porque me cuesta ponerles distancia. 
  • Muchas horas de arrunche. 
  • Unos audífonos nuevos para el iPhone. Y ya que estamos en esto, un nuevo iPhone. 
  • Y bueno, como siempre... vestidos bonitos para seguir caminando.  


lunes, 18 de mayo de 2015

La tradicional lista de deseos de cumpleaños

Pues llegaron los 33, un número que me parece que no tiene mucha gracia y en medio de días en que no he estado tan contenta. 

Pero yo creo que cumplir años es chévere y es una oportunidad de pensar y poner las cosas en perspectiva. Y creo que es un buen momento para dejar claro qué es lo que quiero y necesito por estos días. Así que queridos lectores y querido universo, va mi lista de deseos para este año: 
  • Tranquilidad y estabilidad emocional. Esto de andar jugando al yo-yo me tiene ojerosa y cansada
  • Un paseo al nevado de Toluca
  • Salud... claramente se ven los 33, estoy cansada de las partes defectuosas de mi cuerpo
  • Y si ya estamos en estas, varios kilos menos 
  • Muchos good hair days
  • Que Ginebra entienda qué días podemos dormir más y no me despierte llorando por comida que sí tiene y que solo quiere que yo vaya y le muestre
  • Organizar mis finanzas y tener más ahorros
  • Conocer un país nuevo
  • Poder tomar las clases de canto que quiero y que nada que puedo tomar 
  • Encontrar y entrar a un bonito diplomado/curso de Social Media 
  • Abrir mis horizontes profesionales aprendiendo cosas nuevas
  • Que el sueño de llevar al señor Gelatina a Bogotá se haga realidad
  • Una de dos... que las palabras que sueño sean dichas o que yo pueda dejar ir la necesidad de esas palabras y lo único que importe sean las acciones 
  • Gente nueva para conocer
  • Y que los que están se queden... 
  • Tener el valor de dejar mis miedos, superar los dolores de mi pasado y poder simplemente ser feliz 
  • Espacio mental para escribir mucho 
  • Más visitas de la gente que quiero
  • Muchas mañanas en Shakespeare 
  • Y si ya están buscando... alguno de estos vestidos

domingo, 16 de junio de 2013

Mi difícil vida laboral o una semana en Las Vegas

Y de repente, estuve sentada en un restaurante con 16 Picassos originales, haciendo chistes con un Sommelier francés y comiéndome una torta de chocolate caliente que tiene que ser de las cosas más deliciosas que he probado en mi vida. Y la mejor parte es que lo estaba haciendo porque ese era mi trabajo.
Hay días en que me levanto sabiendo que tendré un día largo y aburrido en la oficina. Supongo que es parte normal de la vida. Hay días rutinarios que se mezclan en los recuerdos. Y luego hay otros en los que primero juego con delfines y de ahí me voy a funciones especiales del Circo del Sol y luego a que el jefe de cocktailes de un hotel prepare uno especialmente para mí. Bueno, al menos una vez en mi vida sucedió.

Resulta que luego de haberme puesto a aguantar insultos y cargar maletas en Volaris, decidieron que debía ir a un viaje de medios (Famtrip como se les conoce en el medio) a Las Vegas. Ahora, debo ser honesta y decir que Las Vegas es una de esas ciudades a las que jamás hubiera ido por instinto propio. Me parecía artificial, falsa y un poco loba (naca en mexicano).

Pero como a mí me encantan los paseos, yo voy a donde me manden sin importar si es un maizal en Iowa o a un aeropuerto en México donde no puedo nunca salir y a duras penas conozco la sala de espera. Así que con el mismo espíritu antropológico que el año pasado me fui a ver maíz, este año me fui a ver cómo viven los ricos cuando van a Las Vegas.



El motivo real del viaje por supuesto no era que yo conociera la ciudad, el cuento es que en Volaris habíamos decidido apoyar a una agencia de relaciones públicas cuyas cuentas son Las Vegas, Nevada y los parques de Disney y que nos habían pedido los boletos para que 6 periodistas pudieran asistir al Pow Wow de Turismo.

El IPW como ahora le dicen, es uno de los eventos de turismo más grandes del mundo. Organizado por la Asociación de Viajes de Estados Unidos, es en términos simples una enorme rueda de negocios para los prestadores de servicios de turismo. Todos se reúnen anualmente en alguna ciudad de USA para cerrar negocios y hacer el famoso networking que a los gringos tanto les gusta. Una parte muy importante del evento son los medios ya que ellos también tienen la oportunidad de promover los destinos, hacer acuerdos de cobertura, etc. Entonces hay periodistas de todas partes del mundo que viajan solo a cubrir el evento.

Dado que este año era en Las Vegas, la agencia que les mencioné, organizó un viaje grande de periodistas (unos 30 en total) y Volaris los apoyó llevando a los medios invitados de Guadalajara. La idea de que alguien de la aerolínea (o de los que hacemos relaciones públicas para ellos) fuera era básicamente para que los medios también supieran de Volaris, conocieran más sobre la ruta y para hacer relacionamiento.

Por motivos del destino me tocó ir a mí y debo decir que si esta quincena no me la pagan, yo casi que ni me quejo (excepto porque tengo que pagar lo que compré en Las Vegas). Fueron los 6 días más divertidos que he tenido en mucho tiempo. Y los 6 días donde más me han consentido en la vida. Si antes quería marido millonario, ahora ya tengo la certeza que necesito marido multimillonario para poder vivir siempre como esos 6 días. Mi hippie interior descubrió que tengo una yuppie que quiere que la consientan todo el tiempo.



Cada día nos recogía una larguísima limosina y nos llevaba de paseo. Fuimos a los mejores restaurantes (más de eso ahorita), a los mejores hoteles, a shows y fiestas exclusivas. Fue entrar a otro mundo exótico y tan distinto de lo que yo usualmente vivo cuando viajo.

La ciudad de los hoteles.

Las Vegas es una ciudad extraña. Como dice mi amiga Adri, es un lugar donde uno siente que cualquier cosa puede pasar. Y tengo la idea que cualquier cosa efectivamente pasa. Todo es en gran escala. Los hoteles boutique tienen 120 habitaciones, porque un hotel normal puede llegar a tener 7,000. A la hora a la que uno camine se oyen gritos emocionados de jugadores de blackjack y si uno quiere, puede caminar por horas dentro de un hotel sin ver nunca la luz del sol.

Dentro de las cosas que me parecieron más inusuales es que todo en Las Vegas esta dentro de un hotel. ¿Quieren ir a ver O del Circo del Sol? Pues vayan al Bellagio. ¿Quieren oír a Celine Dion? Les toca pasarse por el Ceasar’s Palace. ¿Tienen antojo de la mejor comida francesa de la ciudad? Hay que ir al MGM Grand. Y así.

Tal vez es por eso que los hoteles son tan distintos entre sí. Usualmente a mí me parece que todos los hoteles son iguales. Divididos según categoría pero iguales. Aquí no. Cada uno tiene personalidad propia y la personalidad, como todo en Las Vegas se desborda. Así por ejemplo, está el clásico Ceasar’s Palace que todos hemos visto en películas pero donde realmente todo tiene decoración de los romanos (seguramente en el hotel han muerto varios historiadores por los errores que comenten, pero nosotros los mortales, vemos cosas que parecen del imperio romano y punto). Los empleados van de túnica y sandalias y hay estatuas romanas por todas partes.


Pero no es el único. Hay uno llamado Paris que tiene una Torre Eiffel a la entrada, otro de Nueva York que une los edificios más emblemáticos de la ciudad en su fachada, está el Venetian donde hay gente con máscaras del festival de Venecia que lo atienden a uno, los techos  tienen pinturas que imitan los frescos italianos y en su interior, por supuesto hay canales, con agua, góndolas y gondoleros que cantan en italiano. El que más me llamó la atención fue Keops que es la pirámide habitada más grande del mundo, con su respectiva esfinge a la entrada, Tutancamones caminando por ahí y aunque no vi, puedo asegurar que debe haber varias Cleopatras sueltas en su interior.

Como les digo hicimos muchísimas cosas y si les cuento todas, primero me van a odiar de la envidia y dos me van a dejar de leer así que mejor les cuento las que más me gustaron o sorprendieron.

Entre delfines y armas.

En el Mirage (donde se presenta Love del Circo del Sol que no vi y que probablemente será el motivo para que regrese), hay un jardín de Siegfried y Roy, con un hábitat de delfines, donde por 250 dolarcitos uno puede pintar con Flipper. En mi caso no llegué a pintar ya que solo nos dieron 4 lugares pero fue bastante divertido ver a mis periodistas sosteniendo los lienzos mientras los delfines movían los pinceles que los entrenadores pusieron en sus bocas. No sé qué hubiera hecho con la “obra de arte”, pero en cambio pude jugar con uno que me aleteó y dejó que le diera un beso.

Y mientras mucha gente piensa en las fiestas nocturnas de Las Vegas, una de las más famosas en realidad es de día. Estando en el desierto, logramos llegar a 43 grados lo cual fue inhumano para mí. Pero para que viéramos cómo viven ese calor, nos llevaron a la Pool Party Wet Republic, en el hotel MGM. Básicamente hay 2 piscinas gigantes, infestadas de gente, donde por 100 dólares te dan una cama con sombrilla o por 500 tienes derecho a una cabaña con tele, piscina privada y mesero particular. 

A cambio, la gente oye a los mejores Dj’s de música electrónica y son atendidos por meseros que son modelos y a quiénes ponen en unos mini bikinis. El ambiente es muy chévere y probablemente si yo tuviera 10 años menos y 10 amigos en Las Vegas me parecería un planazo. Pero a mis 31, sin amigos cerca, sin bikini debajo de mi vestido y con la certeza de que en esa piscina debe haber una cantidad de microbios con los que no necesito convivir, me fui feliz sin que me pesara que solo nos pudiéramos quedar 45 minutos ahí (que hasta se me hicieron largos).

Díganme lo que quieran pero de las cosas que más ilusión me daban de ir a Las Vegas no era quedarme en uno de los hoteles más nuevos – Nobu Hotel – ni ir al shopping en los súper outlets, ni siquiera las cenas elegantísimas o los shows del Circo del Sol a los que fui… era ir a disparar a una galería de tiro. Y es que yo tengo una guerrillerita interna (sino pregúntenle a mi amiga Linis a quién derroté jugando paintball al grito de RÍNDASE GARCÍA!) a la que le chiflan esas cosas. Disparé un revólver de policía, un AK47 que me dejó morados en el hombro y uno que no sé cómo se llamaba pero que cuando uno disparaba explotaba con fuego. Fantástico. Lo bueno es que descubrí que no soy la única loca a la que le gustan esas cosas, porque hasta tienen combo especial para despedidas de solteras.



Food porn. 

Y llegamos al tema de la comida. No puedo describirles los restaurantes tan maravillosos a los que fuimos. Cada uno con su encanto, desde las hamburguesas deliciosas de Gordon Ramsay (a quién no conocí o ya me hubieran deportado por intentar traérmelo amarrado), el buffet de desayuno más maravilloso que se puedan imaginar en el Aria o un risotto exquisito en el Circo del Bellagio.

Pero hubo 2 que tengo que mencionar. El primero es el restaurante del chef Joël Robuchon del que ya chiquaneé en Facebook. Dicen que es el mejor restaurante de la ciudad y su dueño es un “don nadie” que tan solo ha sido nombrado Chef del Siglo por una guía francesa, sus restaurantes tienen en total 28 estrellas Michelin (con el record de más estrellas para un solo chef en el mundo) y el restaurante además de tener 3 estrellas Michelin, 5 de la guía de Forbes, es uno de los 5 mejores de la revista Gourmet.



Don Joël no estaba ya que andaba atendiendo otro de sus restaurantes pero nos dejó menú especial. Empezando por una gelatina transparente de tomate que sabía a gloria hasta un carro de postres donde es imposible elegir uno que quiere, la cena entera fue maravillosa. Sin embargo, (y de nuevo júzguenme lo que quieran) el plato principal: cachete de res a la yo no sé qué, no me encantó. Yo soy insoportable con la comida y las cosas tan elegantes tienden a conflictuarme.

Para mí felicidad, todos los lugares a donde fuimos son gringos en espíritu y si uno les dice que no come cosas de mar, inmediatamente tienen una opción para uno. Benditos sean los vegetarianos, veganos, alérgicos y demás personajes que han demandado a algún restaurante por no darles lo que quieren.



Así, mi cena favorita no fue en el restaurante de 3 estrellas. Fue en el que tenía “solo” una. Y ese es el Picasso en el Bellagio. Su chef, Julian Serrano es un español que habla rápido, dice las cosas como las piensa y su lado artístico se sale hasta en el hecho de que los platos él mismo pintó. Y sí, es un lugar donde hay Picassos originales rodeándolo a uno pero entre la comida que fue gloriosa y el hecho de que el Master Sommelier nos maridó cada plato con un vino distinto, a mí al tercer tiempo ya se me habían olvidado las pinturas y solo quería seguir siendo alimentada. Al final, cuando el chef salió a despedirnos lo abracé con un cariño que estoy segura solo sentí por mí mamá la primera vez que me alimentó.

Esa es mi historia de Las Vegas y porque amo mi trabajo. Al final encontré una ciudad distinta de la que esperaba y que ofrece mucho más que apuestas y bodas de borrachos. Aparentemente no soy la única en haber hecho el descubrimiento porque aproximadamente el 60% de los que viajan a Las Vegas ya no lo hacen para apostar como principal motivo. Eso sí, el 70% de los que van, ya entrados en gastos apuestan.
Y de nuevo fui parte de esa estadística. Dado que les estoy escribiendo desde mi compu vieja, en mí casa y no desde la habitación de un hotel maravilloso, es obvio que perdí los 3 dolaritos que aposté. 


miércoles, 15 de febrero de 2012

Necesidades

Mucho de lo que he descubierto en la terapia es que las cosas resuenan cuando son necesidades insatisfechas. Así por ejemplo, parte del dolor de la falta de comunicación con Possibility-Boy se refería a la necesidad que tengo de hablar de otras cosas, de pasar mi día conversando sobre política, cine y resolviendo el mundo con palabras.

Hoy tuve un día extraño, divertido, interesante y pesado. Vi leones, toros, sistemas de circuito cerrado, avestruces y acaricié un tigre. Además, recibí una pésima noticia al saber que no podré mudarme a una casa perfecta.

Y entonces llegué a la casa con el corazón revuelto. Al hacer el ejercicio de preguntarme qué era exáctamente lo que me tenía incómoda, fue claro. Quiero tener a alguien con quien compartir estas cosas. Alguien a quien contarle de mi día y que me cuente del suyo. Alguien que este. Alguien para quién estar.

Esto, por supuesto, no es nuevo. Pero lentamente voy viendo qué requiero de esa persona y qué requiero yo para poder estar tranquila con la persona que aparezca. Para que entonces, mis necesidades estén satisfechas y yo pueda estar bien, al estar con alguien. Así que ahí voy, sintiéndome cómoda con lo que soy y lo que quiero. Decidida a que mi mayor compromiso sea conmigo misma, para así poder ver a aquellos que quieren tener compromisos conmigo.



martes, 14 de septiembre de 2010

Serie Sólo me pasa a mí, entrada dos: una de marranos.

DEL PEOR BAÑO DEL MUNDO O DE CÓMO FUI UNA DUCHA PORCINA.

Estoy en camino a Badami, India. No sé de dónde vengo. El recorrido es eterno en un bus de comienzos de siglo. Con sillas totalmente rectas, ventanas negras de mugre y un radio mal sintonizado. Hace horas que hicimos la última parada. Mi garganta está seca por el polvo. Y por no beber nada. No he tomado ningún líquido desde por la mañana. Es la única forma de disminuir la cantidad de veces que voy al baño.


Cualquiera que me conozca sabe que tengo la vejiga de una hormiga y que hago pipí cada hora. Entonces estos viajes en bus son una tortura. Así que no bebo nada antes de realizarlos. Pero en este caso no ha funcionado ya que el viaje se ha alargado y ya llevamos cuatro horas sin parar. Cada minuto que pasa siento mi vejiga hincharse. La cosa no pinta bien. De repente paramos en lo que parece ser una tienda. En realidad es un puesto de chai, donde varios hombres toman la tradicional bebida y fuman. No hay mujeres a la vista. Tampoco hay un pueblo a la vista razón por la cual no puedo evitar preguntarme desde dónde han venido por un poco de chai.


El chofer de mi bus se baja seguido por otros hombres. Las mujeres se quedan con cara de aburridas. No hay más turistas. Soy la única. Y mi vejiga ya no resiste. Así que me bajo lentamente del armatoste y busco un lugar donde pueda orinar lejos de las miradas. No hay muchas opciones. En realidad sólo hay una opción: descender por el lado de la carretera hasta lo que un día fue un campo de pasto y que hoy solo es un montón de tierra seca.


Bajo con la esperanza de que el bus no vaya a arrancar sin mí (y con mi maleta) y apenas pierdo de vista el puesto de chai me bajo los pantalones y me acuclillo. Respiro tranquila y orino en paz, hasta que un par de ojos negros me miran con curiosidad. Es un cerdo. Grande y sucio. Yo no puedo dejar de orinar. El puerco no me deja de mirar. Se acerca lentamente. Me huele. Finalmente yo termino de orinar antes de que el animal decida acercarse más. Me despido con una sonrisa y vuelvo pensando que no es posible que en una misma vida yo orine dos veces frente a un marrano.


***

Unos doce años antes la historia fue la misma. Regresábamos de Moñitos, pueblo perdido en el Atlántico colombiano. Era de mis primeros viajes largos con la familia de mi papá. Y sin papá o mamá. El paseo había sido extraño. Me sentía sola y fuera de lugar. Tíos, primos y abuelos con los que no me terminaba de sentir en familia.


Pero ya volvíamos. Y eso me tenía contenta. Volvería a ver a mi mamá, no tendría que comer más pescado y estaría tranquila. Pero para eso teníamos que ir hasta Montería donde quedaba el aeropuerto más cercano. Y eso significaba como 7 horas de carretera. Así que nos levantaron antes del amanecer. Más dormidos que despiertos, nos sentaron, a mis primos ingleses y a mí, en un jeep. Nos dieron jugo y galletas de desayuno y emprendimos el camino. Más tarde cuando empezó a hacer calor nos dieron gaseosas. Y agua. Y más jugo. Y supongo, más galletas.


Horas más tarde mi vejiga ya no aguantaba. Le pedí a mi tía que paráramos para que pudiera ir al baño, ella digna representante de la familia Obregón me dijo que cuando llegáramos al aeropuerto, mientras añadía que finalmente yo había hecho cuando salimos. Y es que ella, al igual que mi papá y otros miembros de esa parte de mi familia tienen vejigas enormes y van al baño una o dos veces al día. Así que no entendía que cada brinco del jeep era una tortura. Que respirar era un riesgo.


Los minutos pasaban y la cosa empeoraba. Uno de mis primos abrió una coca-cola y yo quise morirme. Tan sólo ver el líquido era difícil. Volví a pedir que paráramos. Me explicaron que el aeropuerto estaba a unas cuantas horas y que no podíamos arriesgarnos a perder el vuelo. Ante la idea de unas “cuantas horas” yo perdí todo decoro. Lloré, imploré, rogué y supliqué. Y cuando eso no sirvió, amenacé con orinarme ahí mismo. Y la mirada de pánico de mis primos ingleses y flemáticos fue suficiente.


Nos detuvimos en la primera tienda. Una de esas casas abandonadas por el tiempo, con un letrero de cerveza desteñido y la pintura cayéndose a pedazos. Pero nada de eso me importó. Entré corriendo y pedí el baño. La dueña con la parsimonia propia del trópico me respondió que no tenían (o que estaba dañado, ya no me acuerdo). Yo le dije que o me prestaba un baño o me le orinaba ahí mismo. Así que abrió una puerta y me dijo que hiciera ahí.


Y a ahí salí a hacer. Sin pensar, sin cuestionar, sin racionalizar. Sin mirar qué era ahí. Me bajé los pantalones, me acuclillé y oriné dichosa. Y entonces noté que era ahí. Una marranera. Sucia, con barro y ese particular olor a tierra con mierda. Y frente a mí una marrana grande y gorda mirándome, no con curiosidad, sino con recelo. Si no supiera mejor, diría que hasta con furia. Pero yo no podía moverme. Agaché la mirada para no sostenérsela a la cerda y vi un pequeño puerquito. Feliz bajo mis piernas jugando entre mi orina. Y luego otro. Incómoda y a punto de perder el equilibrio abrí un poco más las piernas. Mala idea. Más espacio para que los pequeños marranitos jugaran. Felices duchándose con mí orina. Y la marrana cada vez más cerca, respirando molesta. Probablemente no estaba de acuerdo con que sus hijos se bañaran. Y menos en orina.


Finalmente, tras lo que parecieron horas y litros más tarde, me estiré y con cuidado volví a la tienda. La vendedora y una de sus hijas estaban riéndose divertidas de la escena. Mi tía al fondo me afanaba para subirme al jeep. Por primera vez no la contradije, corrí tratando de salir de allí lo más pronto posible, pensando en que al menos sería la primera y última vez en que orinaría frente a una familia de marranos.

miércoles, 21 de julio de 2010

Gente como uno. Parte 2

Hoy hice un trato con mi mejor amigo. Comentaría su blog y, a cambio, él comentaria micrónica de Xilitla. Formas de interactuar que tal vez sólo nosotros entendemos. Y en un minuto libre que tuve ahí estaba. Leyéndolo describir Hiroshima Mon Amour (http://elekino.blogspot.com/2010/04/hiroshima-mon-amour.html) y de repente me dieron ganas de devolverme en el tiempo, a esos martes donde almorzabamos en la universidad y hablabámos por horas. O a esas salidas nocturnas donde bailabamos. O a las largas caminatas en las tardes de sol bogotanas. O tal vez a las calles europeas que conocimos juntos.

En cualquier caso quise volver a esos momentos en que hemos estado juntos. Su frase de inicio me partió el corazón:

"There is a pain in the chest that appears whenever I leave somebody I love to go far away with out knowing when would you see this person again".

Yo conozco ese dolor. Yo he tenido ese dolor más veces de las que quiero. He tenido ese dolor al despedirme de él incluso. Y por eso, quise volver atrás, a esa época donde yo no sabía lo que era ese abrazo triste, donde no digo nada, cierro los ojos, dejo que las lágrimas salgan y luego me doy vuelta y me voy.

Y los dos hemos elegido esta vida donde esos abrazos pasan rutinariamente. Donde la gente sabe que eventualmente nos iremos y algunos por eso deciden no acercarse mucho. Donde a veces, sabemos que eventualmente nos iremos y decidimos no acercarnos mucho. Donde en este punto de la vida, sin importar el lugar donde vivamos extrañaremos a alguien. Porque hemos conocido y querido gente en tantas partes que ya no están en el mismo lugar.

Así que hoy, en esta tarde, quisiera estar más cerca de él. Porque de todos mis amigos es el que más me entiende en este aspecto. El que sabe lo que es la tristeza de la soledad. Él sabe que es hacer un duelo sin ir al entierro. Celebrar sin estar presente. Llegar y ver que uno ya no cabe. Tener las cosas dispersas por ahí y no acordarse dónde quedo ese libro que a uno tanto le gustaba. Volver y encontrar ropa que a uno se le había olvidado que existía y entonces uno siente que de nuevo estrena.

Y es con él con quien he aprendido que las amistades continúan cuando uno las cuida y el cariño persiste. Hace años no vivimos en el mismo país. Hemos recorrido mundos distintos. Hemos cambiado. Dejamos de compartir las rutinas. Ya no comemos los martes y no vamos a cine juntos. Pero nos escribimos. Nos encontramos en skype. Nos llamamos por teléfono. Y para las cosas importantes estamos. Y sabemos que nos volveremos a ver. De pronto en diciembre. Pronto en Canadá.

Seguiremos.